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jueves, 11 de diciembre de 2008

Feliz Navidad

Amigos y familiares:

Antes de que lean, por favor sigan esta liga y das clic en "play video": Como ustedes saben bien, cada año escribo una carta de Navidad a todos ustedes. Hubiera querido hacerlo antes, pero este fin de año ha estado sumamente estresante, y hasta esta madrugada me doy el tiempo para iniciar. Uno de los momentos más difíciles (económicamente hablando) de mi vida se dio durante el sexenio de Miguel de la Madrid. Era una cosa de locura: recibías tu salario el lunes, y tenías que gastarlo ese mismo día, porque para el sábado los precios ya se habían incrementado. No había empleo, y quien lo tenía, lo cuidaba con mucho recelo. Llegó la temporada navideña, yo iba en un autobús de la Ruta 100 pasando por Acueducto de Guadalupe. En los condominios había uno que otro arbolito de Navidad encendido. Un señor a mi lado le dice a otro: "Estas tradiciones tan tontas como la Navidad finalmente tienen que desaparecer". Estas palabras, dichas hace cuatro sexenios, todavía resuenan en mi mente. Uno hace relaciones mentales. Relaciones que llegan a ser más fuertes que cualquier ley escrita. Esas relaciones, esa ley no escrita, se llama tradición. Como en todo, existen tradiciones correctas, y tradiciones falsas. Si uno comete el error de relacionar la Navidad con meramente regalos, con fiestas y pachangas, muy probablemente esta (y las que siguen) sean las peores Navidades de tu vida. Uno lee los periódicos y uno ve hacia el horizonte cómo el 2009 viene sobre el mundo con una crisis grande como un tsunami, y lo más que puede hacer es comprar un costal de azúcar, de frijol, de arroz, de harina, algunos litros extras de aceite, cosas así. Pero si uno relaciona Navidad con otras cosas: la familia reunida, el calor del hogar, el convivir y el compartir, el disfrutar de la paz familiar, entonces tenemos Navidad para buen rato. La luz de la Navidad, si entiendo bien, es más que la luz del arbolito de ídem. La austeridad puede ser un buen signo de la Navidad. Hay cosas que no se pueden negar: nadie puede poner en duda la realidad histórica de Jesús, como nadie puede poner en duda la realidad histórica de Buda. Puede ser que haya quien no considere a alguno de ellos dos como un ser de origen divino, pero nadie puede poner en duda la portentosa majestad de las enseñanzas del Cristo. Y de eso quisiera hablar un poco en este correo.

En lo personal, creo que esta temporada es un buen momento para reflexionar en las palabras de los Evangelios acerca del nacimiento de Jesús, que es finalmente por quien celebramos la Navidad. Algo que solemos hacer, como una tradición en nuestra familia, es que cada noche leemos algún capítulo de un libro, juntos, pero en diciembre siempre releemos el evangelio según San Lucas. Ojalá te sirva esta sugerencia: en diciembre leer juntos, como familia, antes de irnos a la cama, ese buen libro, y recordar por qué celebramos la Navidad. Vienen a mi mente las palabras de Juan 1:1-4, 14:

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres... Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.

Me llena de felicidad leer estas palabras: El Verbo de Dios (Jesús), antes que el universo fuera creado, vivía con Dios y de hecho Él era un Dios desde antes de nacer. Él creó todo el universo, y Él es quien nos da vida, aún vida eterna, así como Él es la luz del mundo. Todo lo que es bueno nos lleva a Él, y a su vez Él nos lleva a todo lo bueno, y ese ser (y me imagino que Juan no dejó de sentir asombro al escribir esto) tuvo a bien, en su infinita humildad, nacer entre nosotros. Él decidió exactamente cuándo, en qué familia, en qué lugar nacer. Pudo haber nacido como hijo del rey o gobernante más poderoso del mundo, y nada, que nació en un pueblito perdido en medio de un país insignificante, (Belén sería nada si el Señor no hubiera nacido allí), en un establo, donde ni siquiera le esperaba una cuna o las comodidades más mínimas, porque no hubo lugar para ellos en la posada. Me cuesta entender que hiciera eso el Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Mateo escribió su libro para los judíos, por eso a pesar de que fue de los últimos evangelios en ser escrito, fue puesto al principio, porque es el puente perfecto entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, pero Marcos (el primero en ser escrito, el más breve de todos) fue escrito para los gentiles. Por eso es el más breve: importa un ritmo de escritura propio para atraer al lector gentil, que es el que corresponde a nuestra cultura occidental. Para el hombre del S. XXI, acaso el más lento de los evangelios sea Mateo. Lucas era heredero de la cultura griega, y por lo mismo era un hombre sumamente culto que escribe pensando en que el pueblo griego conozca al Salvador. Por la naturaleza de los autores, la visión que nos dan del Señor es diferente. Si queremos detalles circunstanciales del ministerio del Señor casi siempre es necesario recurrir a Marcos y Lucas. Ellos muestran al Señor en su vida cotidiana: su sacrificio no se dio sólo en el Getsemaní, sino de manera continua, cada día de los tres años de su ministerio. Jesús es nuestro ejemplo a seguir en todo sentido.

Pienso en este momento en lo aconteció cuando murió Juan el Bautista: Hay momentos muy singulares en la vida del Señor que quedan registrados en estos libros. En Marcos 1:45 nos enteramos que era tanta la gente que le seguía pidiéndole milagros, que el Señor ya no podía entrar abiertamente a ninguna ciudad, sino que se quedaba en los lugares desiertos, lo cual no ha de haber sido ciertamente cómodo, y era la gente la que le buscaba a él. En Marcos 3:20-21 dice que la gente se agolpaba de tal manera cuando visitaba un poblado, "que ellos ni aun podían comer pan". En Marcos 4:38 nos enteramos que había ocasiones que terminaba el día tan rendido que, en una barca, a pesar de que el mar estaba picado, él dormía, agotado, a pesar de que las olas anegaban la barca. Más adelante, en Marcos 6:31, vemos que dedicaban tanto tiempo a ministrar de manera individual a los necesitados, y que eran "muchos los que iban y venían, de manera que ni aun tenían tiempo para comer". En Lucas 4:40 aprendemos que, pese a que tenía el poder para sanar a toda la gente en conjunto, cuando terminaba el día y terminaba de enseñar, me imagino que cansado (quien ha sido maestro sabe cómo es agotador esto de dar clases, sobre todo si uno considera que "la gente se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios" Lucas 5:1), y entonces, "al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos de diversas en enfermedades los traían a él; y él, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba". De manera individual. Uno por uno. Y en los pueblos, "mientras iba, la multitud le oprimía" (Lucas 8:42).

Ignoro si logran sentir lo que yo siento: Si yo hubiera estado allí, habría tenido que cambiar muchas cosas en mi manera de ser para poder aguantar. Lo más probable es que habría mandado a volar a medio mundo, a la primera de cambios, porque me engento muy fácilmente: no tolero las multitudes. Pero el Señor estaba en medio de la gente sin preocuparse por sí mismo, sus necesidades o sus deseos. Y muy pocas veces salió de sus labios algo semejante a una queja. Una de esas pocas está en Mateo 8:18-20, donde se lee:

Viéndose Jesús rodeado de mucha gente, mandó pasar al otro lado. Y vino un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré adondequiera que vayas. Jesús le dijo: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza.

Hasta donde yo puedo ver, no hay cinco veces en que haya buscado hacer su voluntad. Un ejemplo de ello es cuando Herodes manda matar a quien había sido enviado para preparar el camino delante de Él. Su siervo, su primo, su amigo, Juan el Bautista. Es una de las pocas veces en que deseó estar solo, así que toma a sus discípulos y se los lleva del otro lado del mar de Galilea, y apenas la gente ve que se sube al barco, se van caminando por la orilla para esperar lo donde va a desembarcar. En cuanto llega, a pesar de que deseaba estar a solas con sus discípulos, se pudo a atender a la gente. Y entonces se hace de tarde, la gente no lleva ni qué comer, y viene el milagro: multiplica los panes y los peces y alimenta a los 5,000. ¿Y luego? Y luego ya es de noche y envía los discípulos de regreso a casa, y entonces por fin le es dado quedarse solo en un monte, salvo que en ese momento se da cuenta de que los discípulos están batallando en el mar con el fuerte viento, y entonces camina sobre el agua para ir a fortalecer la fe de sus discípulos y para darles una de las mayores enseñanzas acerca del poder de la fe (Pedro logrará caminar en el agua por unos instantes), pero en realidad no se pudo cumplir su deseo de estar a solas un rato. Me imagino que en buena medida esa es la verdadera medida de quien quiere ser un verdadero discípulo de Cristo: que ama, porque escrito está: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos por los otros”. Esa es la única manera de conocer a un verdadero discípulo de Cristo: en su actitud amorosa. No es cuestión de ceremonias, ritos y ordenanzas (éstas son importantes, pero ese no es el corazón de quien sigue al Señor), sino es ua disposición a dar, a amar, a servir; Me gusta mucho lo que dice en Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo primogénito...”. Hay una gran enseñanza allí: “De tal manera amó... que dio”. Esa es la medida. Puedes dar sin amar, pero o puedes amar sin dar, y cuando en verdad amas y das, algo en tu interior cambia y ya no puedes ser la misma persona. Ya no puedes serlo: tu cuarto interior ha sido pintado, y huele a pintura fresca. Hay muebles recién hechos, y tu corazón huele a madera, si se me permite la metáfora.

Yo sé que en este mundo postmoderno no existe el tiempo libre y uno siempre anda a la carrera. Siempre. Pero también sé que la soledad en esta temporada es todavía mayor, más dolorosa. Si puedes, si quieres vivir de una manera más especial estas fechas, busca a quién servir. Aunque sea a sólo una persona, pero si es una diaria, es mucho mejor. Escúchale. Pídele que te cuente algo que sea importante de su vida. Vas a aprender de ella. Serás una bendición a su vida, y ella será una bendición a tu vida, y si haces eso cada día, harás más significativa tu Navidad. Una vez más, sé que nadie tiene tiempo para ello, pero también sé que puedes organizarte y darte el tiempo. Que estos días tu vida esté colmada de amor, felicidad y esperanza. Muy feliz Navidad:

Óscar Pech
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