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martes, 23 de diciembre de 2008

Gitanos y menonitas (feliz Navidad)


Amigos y familiares:

Hace mucho tiempo, escuchando la radio (la estación que siempre escucho es ClassicFM, una estación del Reino Unido), me sorprendió escuchar allí “El hijo de la luna”, melodía que puedes escuchar siguiendo las ligas que pongo allí abajo. Allí fue que la escuché por primera vez. Creo que vale la pena escuchar la melodía. En ambos casos, el vídeo me parece pésimo, pero bueno, como en todo, no es sino una apreciación particular. Ignoro si la leyenda gitana es real o no, lo que sé es que suena legítima, y que no fue creada por Mecano: en este caso ellos sólo son intérpretes. Sólo una vez tuve contacto con gitanos de verdad: En San Nicolás de los Garza, hace muchísimos años, cuando serví como misionero. Llegó una tribu de gitanos en carros viejísimos, pusieron su campamento en un gran terreno baldío (en los ochentas eso existía en Monterrey: grandes solares vacíos). El 24 de diciembre hicieron una hoguera inmensa y allí asaron un cerdo enorme, para comerlo como grupo. Esas cosas que se te quedan en la memoria. Una gitana vino a mí, me tomó la mano, y me dijo: “¿Quieres que te diga tu futuro?” Descreo de esas cosas, así que lleno de prejuicios le dije que no, y me perdí de un interesante contacto con una cultura diferente. Bueno, si quieres dale clic a una liga y a otra y escucha mientras lees lo que sigue.


http://www.youtube.com/watch?v=A3REPMDSCh4&NR=1

http://www.youtube.com/watch?v=_7vakRmftck&feature=related


Tocar una cultura diferente es algo que te enriquece. El domingo (anteayer) sucedió un accidente en la casa, y el mundo de Hyrum se vino abajo (se rompió uno de sus juguetes favoritos). Lo dejé desahogarse y Sab y yo tratamos de darle consuelo, pero luego traté de ampliar su perspectiva: era un excelente momento para enseñar; un momento en que él estaba sensible. Yo estoy pasando por las clásicas vacaciones de maestro: en cuanto salimos de vacaciones, caí en cama, enfermo de la garganta como pocas veces en la última década, pero traté de enseñarle a mis hijos que la Navidad puede ser mucho más que simplemente recibir, así que –—enfermo y todo–— decidimos que iríamos el lunes a llevar algunos presentes a los niños de “El capulín”, que es el campo menonita más ortodoxo en el Estado de Chihuahua. Un contacto con una cultura sumamente singular. No quiero aburrirlos con fotos menonitas: De hecho, casi no tomé fotos: se me hizo poco menos que indignante verlos como pintorescos objetos retratables, y ellos mismos evitan ser fotografiados.

Fuimos a su escuela. Es un salón grande donde están juntos niños de todos los grados. Su religión no fomenta el estudio, así que la educación de un menonita termina cuando cumple los doce años. La mayor parte de los niños se llaman Abraham, Isaac, Jacob, Cornelio, José, Juan. Muy raro es el niño que se llama de una manera diferente. Son los seis nombres bíblicos más socorridos. Las niñas se llaman Elizabeth, María, Susana. Los niños van vestidos de pantalón de peto y camisa de cuadros. Al entrar dejan su gorra colgada en la parte trasera izquierda del aula. En vez de cuaderno, usan una pequeña pizarra, donde escriben y borran continuamente. Estaban muy emocionados porque mañana, 24 de diciembre, corresponde que el maestro lleva regalos para cada uno de los niños (más tarde, en el centro de Nuevo Casas Grandes, en una dulcería, vi a un maestro menonita comprando muchos dulces para sus alumnos). Del lado derecho estaban las niñas. Ellas usan vestidos (su ropa siempre es hecha en casa) de motivos floreados, con una pañoleta blanca al cuello. Cuando ellas se casan dejan de usar esa pañoleta blanca, y usan una negra. Las mujeres siempre usan sombrero: las niñas cuelgan su sombrero en la pared trasera derecha del aula. Los niños mayores se sientan adelante, los más pequeños atrás. Cuando un niño se atora en algún concepto, el mayor se voltea y le explica: los mayores ayudan a los menores. Los menores me parecieron de unos tres años. Los menonitas vienen de Ucrania, así que son mucho más blancos que un norteamericano común. Entrar en el salón de clases es un poco como dar un salto un siglo atrás en el tiempo. En el centro del salón hay una gran estufa de leña, que mantiene tibio el ambiente, cuando afuera está helado. Nos cantaron dos cosas: una canción de bienvenida (su idioma es una variante del alemán alto) que era simplemente impresionante: no usaban palabras, sino monosílabos alargados, entonados a capela. Algo que parecía una larga letanía, donde lo que importa es la entonación: a veces su voz era casi un susurro, otras era una fuerte exclamación, que te ponía la piel de gallina. Una cosa impresionante y bella. Luego los niños recitaron lo que habían aprendido recientemente: una larga declamación en alemán acerca del nacimiento del Señor (uno de sus libros de texto es la biblia, en la traducción de Lutero) que era una declamación larguísima. Me asombró la capacidad de memorización de esos niños. Sé que no era un canto gregoriano, pero si hubieras estado allí coincidirías conmigo en que la manera en que declamaban esa lección de alguna manera recuerda eso: los cantos gregorianos: algo que no es cantado ni es precisamente recitado. Un sonsonete apacible y armonioso allí. La doctrina menonita es simple y sencilla: trabajar duro en esta vida, y esperar un cielo en el más allá, donde lo que vendrá será trabajar todavía más duro, pero sin sequías, sin abrojos y espinas, sin dolor. Son la gente más candorosa y buena, sencilla, que he visto en mi vida.

Luego fuimos a la casa de uno de los principales del pueblo: uno de los pocos que tienen caballo. Los menonitas tienen muchas vacas, pero en ese campo, sólo había un caballo. Rápido lo engancharon a una guayín y Susana, su hija, le dio un paseo a nuestros niños. Susana tiene 15 años y está comprometida. Esto es singular. Ellos se bautizan cuando llegan a la mayoría de edad. Y a esa edad se casan. Los que se bautizan en la fiesta de pentecostés de ese año, es porque ya están a punto de casarse. Pero Susana desde ahorita ya está comprometida, y durará comprometida por los siguientes tres años. Las casas menonitas son de cemento. Es decir, usan “formas menonitas”: como si dijéramos, una especie de molde, y allí vacían el concreto, como si fuera la loza de cemento del techo de una casa, pero vertical. El techo es de madera. Las paredes de sus casas no tienen adornos, salvo las cortinas en cada puerta, que le dan un toque muy singular. De una belleza sumamente austera. No tienen televisión ni radio, y su entretenimiento es armar rompecabezas de muchas piezas, casi siempre de paisajes, y que están gastados por armarlos vez tras vez. Sus muebles son hechos por ellos mismos y –—me comentan–— son todos idénticos en todas las casas: hay una especie de patrón mental, que repiten sin ninguna variante. Son casas de un candor acogedor y hermoso. Algo de veras muy, muy singular. Uno se siente humilde ante la humildad y sencillez de su vida y sus creencias: no maleado por la civilización postmoderna.

Sobraron algunas de las bolsitas de dulces y fruta que llevamos, así que le preguntamos a Jacobo, el dueño de la casa que qué quería hacer con ello. Dijo que lo llevaría a casa de una mujer del campo, que recién acababa de enviudar y tiene nueve hijos (todas las familias menonitas son sumamente numerosas); con mucho agradecimiento mutuo nos despedimos. Antes de regresar a Colonia Juárez hay que pasar por la ciudad de Nuevo Casas Grandes, así que aproveché para invitar a comer fuera de casa a Sab y a los niños, y aproveché para pasar a comprar dulces: tenemos la tradición familiar de hacer galletas en estas fechas y decorarlas para regalar a nuestros amigos en este lugar, así que la idea era buscar chocolates suficientemente pequeños para decorar esas pequeñas obras de arte que nos gusta hacer en esta semana. Casi nunca vamos a la ciudad juntos: uno de nosotros va a hacer la compra de la semana una vez a la ídem, así que era muy singular el contraste de estar en una ciudad, y haber estado en este campo menonita, repito, el más ortodoxo del Estado de Chihuahua.

Su sencillez tocó mi corazón. Es muy raro esto, porque trato de transmitirte una vivencia y no sé hasta qué grado puedo hacerlo bien. En todo caso, hizo que esta Navidad fuera más especial. De corazón, deseo que la tuya también sea sumamente especial, donde quiera que estés, cualesquiera que sean tus circunstancias. Un abrazo mucho muy fuerte, y mis mejores deseos para ti y los tuyos:

Óscar Pech
"In the faces of men and women I see God"
Walt Whitman, from Leaves of Grass
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