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viernes, 5 de diciembre de 2008

Rubén Bonifaz Nuño

Rubén Bonifa Nuño es, para iniciar (aunque es mucho más que eso) un hombre culto. La riqueza de su poesía radica, principalmente, en el simple hecho de que este poeta veracruzano habla latín con la propiedad con que uno habla español. Eso le da un manejo de la sintaxis y del idioma que no fácil cualquier persona posee. A eso puedes agregarle que no busca ser pedante, sino que es increíblemente coloquial. La combinación de ambas cosas hace que sus poemas sean, simple y llanamente, poderosos. Cito algunos fragmentos:

No me digas que nada permanece;

nada, si no penumbras y despojos

y un silencio nostálgico y desnudo.


Y como es un recuerdo que aparece

inadvertidamente, iré a tus ojos

con la absurda caricia de un saludo.


O bien:


En las quietas orillas de su muerte

calladamente el corazón te nombra

fruto de amor perfecto, imaginario


O incluso:

Que en este mudo afán que me encadena

no te tuve jamás; pero te pierdo

como si hubieras sido siempre mía.


O este otro:

Tu fuerza dulce, amor, liga y separa

al mismo tiempo, y paralelamente

sabe dar el dolor y la alegría.


o este verso prístino, en medio de un poema bellísimo:

Porque te amo, estoy en paz conmigo


Acaso el mejor libro de Rubén Bonifaz Nuño, sea El manto y la corona (FCE, 1958) De allí, por flojera (no me gusta copiar) sólo cito dos poemas:


I


Cada día levanto,

Entre mi corazón y el sufrimiento

Que tú sabes hacer, una delgada

Pared, un muro simple.

Con trabajo solicito,

Con material de paz, con silenciosos

Bienamados instantes, alzo un muro

Que rompes cada día.

No estás para saberlo. Cuando a solas

Camino, cuando nadie

Puede mirarme, pienso en ti; y entonces

Algo me das, sin tu saberlo, tuyo.

Y el amor me acongoja,

Me lleva de tu mano a ser de nuevo

El discípulo fiel de la amargura,

Cuando desesperadamente trato

De estar alegre.

Porque soy hombre aguanto sin quejarme

Que la vida me pese;

Porque soy hombre, puedo. He conseguido

Que ni tú misma sepas

Que estoy quebrado en dos, que disimulo;

Que no soy yo quien habla con las gentes,

Que mis dientes se ríen por su cuenta

Mientras estoy, aquí detrás, llorando.

Yo se que inútilmente

Me defiendo de ti; que sin trabajo

Me tomas por la fuerza, o me sobornas

Con tu sola presencia. Estoy vencido.

Ni siquiera podrías evitarlo.

Hasta en mi contra, estoy de parte tuya:

Soy tu aliado mejor cuando me hieres.

II

Cuando coses tu ropa,

Cuando en tu casa bordas, inclinándote

Muy adentro de ti, mientras la plancha

Se calienta en la mesa,

Y parece que solo te preocupas

Por el color de un hilo, por el grueso

De una aguja, ¿en que piensas? ¿Que invisibles

Presencias te recorren, que te vuelven,

mas que nunca, intocable?

Como una lumbre quieta

Tu corazón se enciende y te acompaña,

y hace que el mundo necesite de las cosas que haces.

Mi voluntad, mi sangre, mis deseos

Comienzan hoy a darse cuenta:

En todo lo que haces, se descubre

Un secreto, se aclara una respuesta

Una sombra se explica.

Que simple he sido, amiga; yo pensaba,

Antes de amarte, que te conocía.

No era verdad. Comprendo. Antes de amarte

Ni siquiera te vi; no vi siquiera

Lo que estaba en mis ojos: que tenias

Una luz y un dolor, y una belleza

Que no era de este mundo.

Y porque lo comprendo, porque sufro

Porque estoy solo, y vives, dócilmente

Hoy aprendo a mirarte, a estar contigo;

A saber deslumbrarme,

Crédulo, humilde, abierto, ante el milagro

De mirarte subir una escalera

O cruzar una calle.

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