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sábado, 27 de diciembre de 2008

Un correo muy viejo (esto también pasará)

Uno de los libros que estoy leyendo es una antología de la obra de Amado Nervo, realizada y comentada por Alfonso Reyes. Es un libro muy interesante, porque nos deja ver el mundo de principios del S. XX, previo a la Revolución Mexicana, con sus lealtades y enemistades. Rubén Darío criticaba abierta, directa y duramente a Amado Nervo por su llaneza al escribir. Mucho después Reyes lo defendería, diciendo que no quería ir a la moda, sino expresarse a sí mismo y, en el proceso encontrar la paz, aunque ello implicara dejar de lado el ritmo de sus contemporáneos.Lo cierto es que mientras más conozco a Amado Nervo, más lo admiro: un hombre que supo dejar de lado fama y fortuna para ser él mismo y vivir con sencillez. Había muerto su esposa. Había perdido la fe. Buscaba encontrarla en una lucha bastante solitaria, con pocos colegas que le entendieran o le apoyaran, y en esa búsqueda de la esperanza, que creo no alcanzó, pero que deseaba alcanzar (yo no puedo dejar de simpatizar con un hombre que desea creer, lo logre o no), tocó de alguna manera lo místico, lo santo, la paz interna de estar fuera de las preocupaciones mundanas. Por alguna razón que alcanzo a precisar, pero no a revelar, me recuerda a Bárbara Moyao, con un segundo nombre y un segundo apellido que remiten a lo ultraterreno.


Pero lo que me llama la atención es eso, que un poeta en medio del éxito dejara la fama como quien deja un traje viejo, y se pusiera uno más ad hoc para él. Renunciara al mundo, para ser él. Hay una frase latina que la cotidianeidad nos hace olvidar aunque la hayamos escuchado muchas veces: Sic transit gloria mundi: “Así pasa la gloria del mundo”. Suena muy de la postmodernidad, pero es cierto: así pasa la gloria del mundo. Así pasa. Como dijo Shakespeare, en La tempestad, “Todo lo que es sólido se desvanece en el aire”.Antes de dejar a Amado Nervo. Te invito a escuchar este poema (http://librosbabel.podomatic.com/player/web/2008-10-06T11_05_13-07_00).


En la parte más oscura de la Edad Media, antes de que el cristianismo llegara al norte de Europa, hubo un poeta llamado Deor. Deor fue poeta de la corte de los Heodeningas. Recibía (vivía de) los privilegios que le daba ser el poeta de la corte. Durante muchos inviernos (los sajones medían el tiempo por noches y por inviernos, no por días o por años; vale decir, lo medían por etapas de supervivencia) ejerció ese cargo, hasta que llegó un poeta más joven, más hábil; la poesía sajona es cuestión de ceñirse a leyes y preceptos; es cuestión de habilidad y conocimiento, menos que de inspiración. Al perder ese puesto, perdió sus tierras, que pasaron a manos de su rival y sucesor. Entonces Deor compuso la obra por la que es recordado. Dejó de lado el estilo oficial, y compuso un largo poema en donde se consuela rememorando famosas desventuras, debidas a la inconstancia de la suerte, y repite, al fin de cada estrofa:


Aquello dejó de ser; también esto dejará de ser algún día.


Lo bueno y lo malo. Lo dulce y lo terrible: “Aquello dejó de ser; también esto dejará de ser algún día”. Algo así dijo Carol King en los años sesentas, en Will You Love me Tomorrow?: (http://www.loglar.com/song.php?id=9) “Esta noche la luz del amor está en tus ojos, ¿Pero me amarás mañana?...” (Pocas cosas más efímeras que un juramento de amor, sobre todo cuando se pronuncia en las sombras; Sólo quienes sabemos amar a la Ana Karenina sostenemos, a nuestro pesar y en contra nuestra dichos juramentos, aunque sólo los hayamos enunciado de labios para adentro), en fin, que regreso al tema: el estribillo de Deor.


En el libro Borges, p. 423, se lee lo siguiente, donde se ve que Borges había leído a Deor, aunque no lo mencione. Dice Adolfo Bioy Caceres:

Miércoles 9 de abril de 1958. Hablo con Borges. Me cuenta: El rey David llamó a un joyero y le pidió que le hiciera un anillo que le recordara, en los momentos de júbilo, que no debería ensoberbecerse, y, en los momentos de tristeza, que no debía abatirse. “¿Cómo lo haré?”, preguntó el hombre. “Tú lo sabrás —contestó el rey—. Para eso eres artífice”. El joyero salió a la calle. Un joven le preguntó: “Anciano, ¿qué te atormenta?”. El joyero contestó: “El rey me ha encargado un anillo” y explicó todo. “Eso es fácil —declaró el joven—. Fabrica un anillo de oro, con la inscripción: Esto también pasará”. Así lo hizo el joyero y llevó el anillo al rey, quien le preguntó: “¿Cómo se te ha ocurrido eso?”. “No se me ha ocurrido a mí, sino a un joven que era así y así”, contestó el joyero. “Ah —exclamó el rey—, ese joven es mi hijo Salomón.” Es una historia perfecta —termina Bioy Caceres—, limada hasta la perfección por los años. Qué bien que el joven no fuera un ángel como uno temía, sino Salomón.


Esta vida mortal es una serie de sucesos en donde casi todo tiene un principio y un fin. Hay un momento en que los padres lo ven a uno por primera vez, y un momento en que lo ven por última vez. Un momento en que uno da un primer paso, y un momento en que uno da el último, para confinarse a una silla o una cama. La salud, le prosperidad, son las cosas más frágiles y efímeras, por cierto. Si alguien me hubiera dicho hace 10 años que alguna vez Bill Gates dejaría de ser el hombre más rico del mundo, lo habría dudado. Si alguien me hubiera dicho que su lugar lo tomaría un mexicano, me habría reído, pero allí tienen a Carlos Slim. Sic transit gloria mundi.

¿Pero saben qué? Hay cosas que tienen inicio, pero no fin. Cosas que inician, y que nos acompañarán hacia la eternidad: el conocimiento, la amistad, la fe, los buenos hábitos, el amor (y aunque ahora tal vez haya un lector que no lo tenga, es bueno pensar en que aquello dejó de ser, y también tu soledad dejará de ser algún día).


Para quien hace lo bueno, lo bueno permanece. Y aunque te rodee sólo lo malo en este momento (de corazón, deseo que no sea así), piensa en que Esto también pasará. Recoge lo bueno en el camino de tu vida, y aférrate a ello. De nuevo, en La tempestad, dice Shakespeare: “Sólo lo fugaz permanece y dura”. Yo me atrevería a decir: “Sólo lo bueno permanece y dura”, o “Sólo lo eterno permanece y dura”. Esta vida es una mina muy pobre, con muy pocas vetas de eternidad. Hay quien dice que no es cierto, que no existe, pero si te sirve mi testimonio, sé que existe. En el pasado el dolor dejó de ser en varias ocasiones. Sé que de nuevo dejará de serlo algún día. Que reconozcas fragmentos de eternidad hoy en tu vida:


Óscar Pech
"In the faces of men and women I see God"
Walt Whitman, from Leaves of Grass
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