Google+ Followers

sábado, 31 de enero de 2009

¿Un nudo en la sábana, o en la garganta?

Amigos y familiares:

Hay cosas que uno va aprendiendo conforme pasa el tiempo. Cuando Sab y yo estábamos recién casados creo que era muy difícil encontrar una pareja más feliz que nosotros. Un romance y una estabilidad que duró muchos años. Ya después conocimos conceptos que ignorábamos: crisis, rencilla, resentimiento, desavenencia, etc. No que ahora vivamos a machetes contra sartenes, pero en los que nos conocieron en aquellos años coincidirán en que irradiábamos felicidad y que en nuestra relación por muchos años no se conocían elementos de desunión en los que muchos matrimonios se dejan inmergir desde los primeros meses de casados. Tuve una luna de miel que duró 10 años, y eso no fue poca cosa. Pero el punto es ese: que por muchos años éramos algo así como el modelo de pareja. Acaso había muchas afinidades que nos ayudaban y que creo que muchos jóvenes deberían buscar al momento de pensar en serio en casarse (una familia estable es la empresa más difícil de mantener a flote); cosas que ayudan. ¿Cómo lo digo? Es claro que cuando uno se casa tiene que haber atracción física, pero si alguien se casa sólo por ese motivo, ya perdió desde antes de iniciar. Hay muchos elementos que ayudan en la vida en pareja: el que ambos tengan una misma religión y la practiquen, ayuda. El que tengan tantas cosas en común como se pueda: ideales, metas, principios, gustos, el que sean, antes que todo, buenos amigos. Cuando la atracción física se acaba (porque uno se hace viejo, porque llega el momento en que uno se ve en el espejo y a veces uno ya no reconoce al joven que fue, porque uno engorda y se hace calvo, etc.), esas cosas ayudan mucho: mantienen la unidad, el cariño; son el pegamento que une los ladrillos de eso que llamamos hogar.

Bueno, vuelvo al tema: éramos jóvenes, no habíamos llegado a los treinta años, éramos increíblemente felices. Ambos dábamos clases de literatura en Benemérito y cada noche nos daba un “ride” un amigo, un colega de facultad. Era una cosa muy padre. Era muy difícil platicar con este hombre inmenso y moreno sin dejar de reírse. Era esa charla inteligente, divertida, a veces irreverente que uno tanto extraña aquí, porque aquí no hay mucho de ese nivel cultural. Era el paraíso: todas las noches, después de clases, una media hora de la charla más agradable que te puedas imaginar, atravesando la Ciudad de México. Pero una noche este buen amigo de risa explosiva nos dice (Él era unos veinte o treinta años mayor que nosotros) que tenía un fuerte problema matrimonial. Que él sabía que si nosotros íbamos a su casa, y platicábamos con su esposa, las cosas podrían mejorar. En la noche Sab y yo lo platicamos, inocentes como éramos de tantas cosas: ¿Qué podía hacer un par de jovencitos para ayudar a un matrimonio ya grande y con problemas muy fuertes? Ahora lo veo desde otra perspectiva, desde el otro lado de la ventana: Cuánto valor habrá tenido él para abrirse de capa y pedirnos ayuda. Y lo más terrible, no una, sino muchas veces y siempre, de una manera o de otra, por una especie de pudor, porque no quisimos enterarnos de cuál era el problema matrimonial, lo dejamos pasar. Me pesa, amigos y familiares. Me pesa haberle fallado a un amigo. En más de una ocasión cuando ha habido una crisis en mi matrimonio he deseado ayuda, y nunca he tenido el valor para pedirla. Admiro a este buen amigo que tuvo el valor, y no sólo una vez, y me abochorna la vergüenza de haberle fallado a quien esperaba algo de mí.

Pero de todas esas circunstancias hay algo que uno aprende: los problemas jamás se solucionan por sí mismos. Nunca se corrigen solos. Nunca hay soluciones fáciles. En la vida en general, y en la familia por encima de todas las cosas, no puedes darte el lujo de la negligencia, o las cosas irán peor.

Y peor.

Y peor todavía.

Deja te cuento una historia real. Un buen hombre a quien quiero mucho, ayudando en la casa, se clavó una astilla de buen tamaño en el dedo anular. Trató de sacarla, pero no pudo. No le pidió ayuda a su esposa, porque cuando ella se enoja, se enoja por días enteros de silencio absoluto. Y ella estaba MUY enojada. Cuando por fin se restableció el diálogo, uno parco, hosco, desagradable, él le pidió ayuda, pero la astilla ya no se veía, la corriente sanguínea la había halado. Él comenta que le dolía mucho al cerrar la mano (por meses), pero la astilla se había ocultado y ya no era posible sacarla. La esposa comentó con dureza: “Lo bueno es que es biodegradable”. Pero no lo es. El consejo bíblico de que “no se ponga el sol sobre vuestro enojo” (Efesios 4:26) es increíblemente sabio: si tienes un problema en la familia y lo dejas para mañana, algo pasa, y cuando lo buscas ya no está, puedes pensar que ya se olvidó, que es biodegradable, pero no es así: allí se queda, y debilita la relación. Queda una fractura en los ladrillos que puedes tratar de ocultar con yeso, pero eso no le da fuerza a la construcción.

Ahora, vamos al tema del Pp. A lo largo de los ya muchísimos años que llevo (bien mirado, toda mi vida productiva he estado) en el negocio de la educación, veo con tristeza una constante: cada vez más los padres dejan el peso de la formación de sus hijos en la escuela. Los padres quieren que el maestro de a los muchachos los principios que como familia no dan y que, al mismo tiempo, se consienta a los chicos. Que aprendan, y sin esfuerzo. Que los chicos se enderecen, y sin disciplina. Cada vez más padres creen que han cumplido con su labor metiendo a los jóvenes a una buena escuela, y comprándole un celular.

Al mismo tiempo los medios, los neosofistas, nos envían mensajes falsos pero que uno cree, porque quiere creer en ellos, porque calman tu conciencia, porque te hacen creer que de verdad las cosas son así.

Pero no lo son.

Si quieres, descarga la basura adjunta, léela con cuidado, y luego sigues leyendo.

En un mundo cada día más complicado, los jóvenes no se van a salvar con un nudo en la sábana. Tampoco tu matrimonio: Esa idea no es verdadera. No existe esa magia. Antes se hablaba de dar a los hijos poco tiempo, pero de calidad. Eso no es cierto. Eso no existe. Tus hijos y tu pareja necesitan de tu tiempo. Punto. Tiempo de calidad no es sentarse con ellos a ver un partido. Tiempo de calidad no es ir de compras con ellos. Pero bueno, estos neosofistas ahora quieren hacernos creer que basta con un nudo en la sábana, y que eso puede suplir las horas de modelaje que uno como padre debe dar; las horas sentadas a su lado para hacer la tarea; las horas de convivencia en torno a la mesa y/o de sobremesa; las horas que un niño o joven necesita para ser escuchado y aconsejado; las horas de trabajar juntos lavando platos o en el jardín. Y claro: las horas que necesitas dedicar a esa delicada y sensible planta de invernadero que es tu pareja.

Perdonen, creo que me exalté. Acaso simplemente debí decir: "Enseñamos por precepto y por ejemplo, no con nudos en las sábanas". Que todos tengan un buen día:

Óscar Pech
"In the faces of men and women I see God"
Walt Whitman, from Leaves of Grass

Publicar un comentario