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domingo, 11 de enero de 2009

Una pesadilla (la necesidad de ayuda)

Buenas madrugadas, amigos y familiares:

Como pueden darse cuenta, ya estoy de regreso después de una semana sumamente intensa en Benemérito; tengo en buzón muchos correos pendientes: en cuanto pueda les iré respondiendo. Como siempre, es un placer saludarles. En una de estas madrugadas que estuve en Benemérito registré esta pesadilla en mi diario en cuanto me desperté:


Era de noche, estaba dormido en la camita individual del departamento 203-2 del Benemérito. Desperté porque sentí una presencia oscura. La noche era de una negrura tan profunda que casi no se veía esta silueta. “¿Sab?”, dije, pero la persona no respondió. Tenía un bulto cargando y lo puso a mi lado. Era un bebé, que rápido se acurrucó a mi lado. “No puede ser Sab”, pensé. “Estoy solo, solo en el cuarto del Benemérito”. Pero sentía ese ser acurrucado a mi lado, buscando mi calor. Sentía claramente su peso en el colchón. La noche estaba helada y tan oscura que no podía ver sino un bulto de un negro perfecto a mi lado. Reconocí el singular sabor de la pesadilla en su estado puro. Empecé a orar al Padre para poder despertar de ese mal sueño. A orar para que llegara ayuda. Era una de esas situaciones, ¿te ha pasado?, en que quieres gritar dormido, y no puedes. En que quieres mover aunque sea un solo dedo, pero aunque apliques a ello todas tus fuerzas, simplemente no se puede. Después de mucha oración y esfuerzo físico logré mover un brazo y, empujando con todas mis fuerzas, logré levantarme. Tenía la presión baja. Todo me daba vueltas y, aparte del frío extremo, sentía que iba a vomitar. En el cuarto se sentía esa presencia horrible habitando la oscuridad casi absoluta. Canté un himno y, casi a rastras, aferrándome a la pared, fui hacia el apagador de la luz. Los dientes me castañeaban de terror y frío. Prendí la luz. Los focos lanzaron un destello y se fundieron. Oré con todavía más intensidad, pidiendo al padre que llegara ayuda. Providencialmente, como si fuera una respuesta, se oyó un ruido del otro lado de la puerta y, por abajo de la misma, vi cómo se encendió la luz del pasillo. Entreabrí la puerta: yo estaba vestido sólo con ropa interior. Era la supervisora del edificio, que había venido a verificar que todo estuviera en orden. A la luz del foco, me asombró su piel blanca (no de porcelana, sino ese tipo de piel transparente, que deja entrever las venas de una manera enfermiza), su cabello peinado en un par de trenzas de una manera anacrónica. Pensé, con humilde agradecimiento, que esa era la ayuda que necesitaba. Le llamé, con la puerta entreabierta, y le dije que si podía llamar a su esposo, que necesitaba la ayuda del sacerdocio; que había una influencia maligna en el cuarto. Su rostro, de nariz pequeña que recordaba de alguna manera a un ratoncito, se demudó de inmediato. Se volvió la imagen misma de la aflicción. “Oh, no”, dijo. “Otra vez en este cuarto”, y su rostro era de una tristeza infinita. “Otra vez malos espíritus”. Dio la vuelta para retirarse y, justo antes de que me diera la espalda, vi cómo su rostro cambió. Se hizo masculino. Dejó de imitar aflicción y en su boca apareció una sonrisa cruel, de satisfacción, maligna. Su mirada. Eso era, acaso, lo peor: la maldad de su mirada. Supe que no iba a venir la ayuda que tanto imploraba. Entonces desperté, el corazón latiendo muy fuerte, muy rápido. En la penumbra vi que estaba vestido con mi pijama azul rey, mi favorita, y que eran las tres de la madrugada en punto.

Que puedas despertar a tiempo de tus pesadillas o, en la vida real, siempre llegue a tiempo la ayuda que necesitas:

Óscar Pech
"In the faces of men and women I see God"
Walt Whitman, from Leaves of Grass
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