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sábado, 3 de enero de 2009

Visión

Feliz año, amigos y familiares:

¿Cómo inicio este correo? Primero te platico: Hace mucho tiempo leí una novela pésima de Stephen King. Un bodrio. Un saco de huesos, se llama: Un espíritu trata de comunicarse con un escritor para advertirle de que un espíritu maligno quiere matar a una niña, parienta lejana del escritor. Una payasada, porque el espíritu de marras le manda a cada rato mensajes cifrados y que ni el escritor ni uno entienden, cuando podía decirle claramente qué iba a pasar. Una novela de final absolutamente predecible y que de sus más de 600 páginas podrías cambiarle muchas cosas, resumirla en un cuento de 30 página, e incluso así no da para mucho. Bueno, mucho tiempo después me llegó una convocatoria de Escritores Mexicanos Unidos. Quieren hacer un libro de cuento negro (de cuento policiaco, vaya, no de cuestiones que tengan que ver con Obama). El premio es, simplemente, que te dan un diploma y publican tu cuento. Pésima convocatoria. Y yo nunca he escrito un cuento policiaco, así que de cualquier manera me movió la idea. Estuve jugando con varias opciones, entre otras, la de retomar la idea de King, pero con un humor muy negro y que resumo sin darte muchos detalles que podrían enriquecer la historia: Por medio de la tabla ouija, un tipo se entera de que su esposa lo engaña. La cosa se maneja con ambigüedad. Uno no sabe si en verdad el mensaje es ese o no, pero esa idea, de ser engañado, se vuelve su monomanía. En todas partes “ve” mensajes que le indican eso. El mensaje del más allá más recurrente es, simplemente "44.6", sin que sepa qué es eso. Casi al final el tipo entiende que debe conseguir un revolver mágnum calibre 44 y vaciarle las seis balas a su esposa y al amante. Claro, que se debe manejar la idea de que chance etos mensajes no son del más allá, sino de un enemigo del amante, que quiere deshacerse de él. Ambigüedad. Justo cuando el protagonista entiende el mensaje (el chiste de un buen relato de misterio no consiste en explicar el misterio, sino en cómo se devela dicho misterio), descubre que, en efecto, es engañado, que su salud mental anda por los suelos, y que lo único que quiere es salir de esa situación. Para mandar a volar a todo y no hacer caso a fantasmas chocarreros, simplemente va a una pulcata, se emborracha, llega a su casa avanzada la noche y con el machete destaza a su esposa.

Sí, el relato es pésimo, lo reconozco. Pero en esta semana en que me la pasaba en la cocina guisando (y pensando) el cuento volvió a mi mente después de muchos meses y mientras lavaba trastes y trataba de atinarle a condimentos y proporciones, se me ocurrió que, si logras imaginar a dos buenos actores haciendo el papel del esposo y la esposa, el cuento gana mucho. Verlo actuado, no contado. Y entonces en YouTube busqué acerca de uno de los actores que más admiro yo. Kevin Spacey. Si le das clic, verás siete minutos gloriosos, incluso si no sabes inglés. Dale clic y luego de ver el vídeo, regresas a seguir leyendo.


http://uk.youtube.com/watch?v=bKKDKAKNH-k&feature=related

Luego encontré otro segmento de ese mismo programa, que fue el que en realidad dio origen a este correo. Así que este correo en realidad inicia aquí.


Hace mucho me dijo Javier Padilla: “Mi vida nunca ha estado dirigida por planes, sino por sueños y hasta ahora todos los he logrado… la ventaja de el sueño sobre el plan es un capacidad proteica para alcanzarse y bueno por ese sendero llevo mi vida”. Me gusta mucho esa idea. Sólo le veo un defecto: un sueño no implica esfuerzo, y muchas veces un sueño (guajiro) evoluciona en la excusa perfecta para no hacer nada y creer que de cualquier manera se alcanzará el éxito. Conozco a muchísimas personas que creen que de verdad van a escribir la gran novela hispanoamericana, y que ésta será escrita por ellos de una manera casi mágica, sin que hagan sacrificios ni esfuerzos. Cuando un cuate me dice que lo va a lograr nada más que cambie de trabajo, o que tenga una chimenea para escribir al calor del fuego, ni siquiera tengo la paciencia para decirle que siga soñando. En mí surge, juntocon la impaciencia, "un sentimiento casi olvidado" —como dijo Boogey, ajá, el aceitoso—: el asco.

Me gusta esa idea, el sueño flexible, pero creo que hay una mejor todavía: el de la visión. Si lo tienes en la mente, lo tendrás en la mano, dice el refrán. Si me permiten voy a contar dos historias que de seguro ya conté antes a alguno de ustedes:

La primera: Cuando vivíamos en Reynosa, después de muchos meses, hubo un bautismo en el barrio. En una de las reuniones, mencioné eso, que era un hecho extraordinario que por fin se hubiera bautizado alguien, para después decir que teníamos que hacer algo para retener a esa pareja de conversos, cuando el obispo me interrumpió y dijo: “y a ver cuánto duran antes de que se inactiven.” El tema quedó interrumpido y, ¿lo saben, verdad? Esos recién conversos no tardaron en abandonar la Iglesia.

La segunda: Hace muchos años, un domingo el obispo le da el tiempo a una misionera para que se despida: en la semana terminaba su misión, y era su último domingo con nosotros: regresaba a casa. En su discurso, ella dice que en nuestro barrio ella siempre se sintió como Alma, y su compañera como Amulek. Que a todos nosotros nos veía como si fuéramos el inicuo pueblo de Ammoníah, y luego nos lanzó un largo discurso condenatorio. Yo veía cómo el barrio abría los ojos más y más, como si fueran huevos pasados por agua, mientras el obispo demostraba una cualidad que hasta entonces creíamos reservada a los camaleones: el pobre cambiaba de un color a otro y no sabía qué hacer. Bueno, el pobre no sabía que tenía la autoridad para pararse y sentar a esa hermana, así que yo estaba divertidísimo viendo cómo una misionera condenaba inútilmente a un barrio (y de paso, le cerraba absolutamente todas las puertas a cualquier misionera que llegara después, por muchos, muchos meses). Para mí fue una de las lecciones más bellas que he tenido en mi vida. No la olvido. Cuando estoy perdido, cuando pierdo la paciencia, la aplico: Mientras escuchaba embelesado los miopes rebuznos de esta pobre jovencita (ahora veo a los misioneros como simples jovencitos de buenas intenciones que suelen tener el hábito de poseer una perspectiva muy limitada del calibre de lo que es representar al Señor), me decía a mí mismo: Enoc, Melquisedec, de verdad predicaron a pueblos pecadores. Ambos lograron que su respectivo pueblo fuera llevado al cielo porque alcanzaron la perfección en vida. ¿Alcanzaron la perfección a base de regaños y sombrerazos, o porque en ellos lograron infundir en su mente una visión de la eternidad? Ese es el punto del que quiero hablarles: alcanzar una visión o, si tu visión es muy limitada, ampliar la visión.

Cuando te enfocas en un problema, éste crece de tamaño. Pero cuando alcanzas una perspectiva eterna (existencia premortal, el propósito de esta vida, todo lo que vendrá después), entonces el problema toma el tamaño exacto que le corresponde. Tener una visión de lo que quieres es más o menos como tener un faro que te guía por negra que esté la noche, por terrible que esté la tempestad, hacia la seguridad del puerto. El tiempo y las circunstancias pierden su relevancia cuando posees una visión y, cuando ésta es lo suficientemente fuerte, tu fe y tu esperanza se hacen más poderosas. Todos conocemos los primeros versículos de Eclesiastés 3:

Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.

Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado;

Tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar;

Tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar;

Etc., pero pocos recordamos el versículo once: “Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin”. Me fascina ese versículo: el Señor pone eternidad en el corazón de los hombres. El deseo de trascender es propio de la humanidad, no de los animales. Quien tiene una visión va más allá de las cosas que lo limitan o lo determinan, quien no, simplemente nace, crece, si tiene suerte (si tiene mala suerte la humanidad) se reproduce, y finalmente muere. Deja te hago una pregunta: ¿Tienes una visión? ¿Cómo te ves a ti mismo dentro de dos años? ¿Dentro de diez? ¿Alcanza hasta allí tu visión? Si no, amigo, siento decirlo pero tus sueños tendrán la efímera vida de los propósitos de año nuevo. Me pregunto, ¿Michael Fred Phelps tendría en mente la visión de ser el mejor nadador de la historia, o sus ocho medallas de oro en Pekín fueron pura chiripa de quien iba a nadar en una alberca para refrescarse en sus ratos de ocio los veranos? Piensa en alguien a quien admires. ¿Ya lo tienes en la mente? Pregúntate: ¿Llegó allí por casualidad y con meros “old guajiro dreams”, o llegó allí porque tenía la visión?

Dijo Kipling: “Cuando vayan mal las cosas, como a veces suelen ir, cuando ofrezca tu camino, sólo cuestas qué subir”, etc. En circunstancias adversas es muy difícil mantener la visión. Pienso en Pedro. Imagínate: están en medio de una tormenta y aparece el Señor caminando sobre las aguas. Pedro le dice: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti”. Una fe portentosa: Pídeme que lo haga, y lo hago. Si tú me lo pides, yo sé que puedo hacerlo, y nada, que el Señor se lo pide a Pedro. En Mateo 14: 29-30 se lee:

Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!

Pedro dejó de ver al Señor, y empezó a ver el viento. Por eso sintió que no podía. Por eso el Señor dijo en Lucas 9: 62: “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios”. Claro, el Señor se refría a otra cosa, a la voluntad para seguirle a él, pero el hecho es cierto en cuanto a nuestra visión. Quien alguna vez ha tomado un arado en las manos sabe que para que el surco salga parejo, debes fijar la vista directo hacia el frente, hacia un punto lejano, y que no se vale mover la vista de ese lugar. Esa es la idea de tener una visión. Y ahora sí, termino mi correo con esta liga, donde Kevin Spacey habla del éxito y de tener una visión. Ojalá te sirva, ojalá te interese. Un abrazo y que alcances, menos que tus propósitos de año nuevo, tu visión personal. Un abrazo y dale clic a la liga (sorry: vas a necesitar el inglés):

http://uk.youtube.com/watch?v=8Is3uKvtlXs&feature=related


Óscar Pech
"In the faces of men and women I see God"
Walt Whitman, from Leaves of Grass
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