Google+ Followers

martes, 10 de febrero de 2009

Uno nunca sabe a quién tiene al lado

Hay una historia que alguna vez leí en las mil noches y una (siempre quise tener, de niño, ese libro, y cuando lo conseguí, de adulto, me sentí profundamente decepcionado, porque con esa sensualidad desbordada me di cuenta de que no era un libro para niños, cosa que siempre había creído) acerca de un califa, un sultán o un visir, no me acuerdo, que quiere conocer a su pueblo y, para que no lo engañen sus sátrapas, en las noches se disfraza y recorre el pueblo él mismo, viajando de incógnito. Sus súbditos lo critican, lo menosprecian, lo alaban o lo admiran sin saber que le hablan a él en persona, que en verdad él los escucha y que su opinión cuenta.

Hay una historia muy linda que leí hace años, de un hombre que regresa a su pasado, y trata de enmedar todos los errores cometidos por su familia. Se hace pasar por un pariente lejano y se hospeda en su propia casa. De manera casi automática, todos sienten por él los mismos sentimientos que tendrán en el futuro, salvo él mismo, mucho más joven, que en cada capítulo insiste en que quiere batirse en duelo con ese supuesto pariente lejano.

Uno nunca sabe a quién tiene a su lado. Hace años Elías Osuna me invitó a una presentación bellísima de un coro. Sabía que el auditorio se iba a llenar, así que llegué muy temprano, ocupé el mejor lugar que pude, y entonces nos pusimos a esperar pacientemente a que iniciara el programa. Cuando faltaban unos pocos minutos para empezar, llega un viejito y nos dice que si no nos podemos correr cuatro asientos hacia la orilla para que él se pueda sentar en el centro, como él quisiera. Me tomó tan de sorpresa que accedí, y me tocó unos de los peores lugares de la presentación. En otra ocasión, en otro evento, también llego temprano, y ya estamos para iniciar, cuando llega el mismo viejito y me dice, "perdona..." lo miré de tal manera que ya no terminó de pedir nada, y buscó otra persona a quién molestar. Ya van tres veces que veo al viejito este, y cada vez que me lo encuentro en un evento artísitico o cultural aquí en Nuevo Casas Grandes, me caía más mal, hasta que supe de quién se trataba. Uno nunca sabe a quién tiene al lado.

Hace muchos años, este anciano, Spencer, se llama, estudiaba antropología en la Universidad de Princenton. Un día le da por buscar algo que de verdad sea original, y viene a México. No encuentra nada, hasta que da con Juan Quezada. Juan Quezada es un artista Chihuahuense fuera de serie. No estudió nada, sólo dibujaba. Desde niño se encerraba en su cuarto a pintar. Por horas y días enteros, sin haber visto un pincel, sin haber sabido que exisitían las cuevas de Altamira, Rembrandt, Van Gogh, pinta porque esa es su necesidad creativa, y poco a poco inventa todo el arte que necesita. Una cosa prodigiosa. Inventa pigmentos y colores minerales. Un día encuentra unas ollas prehispánicas de los indios paquimé y se pone a copiar su estilo. Es un caso increíble, porque por 16 años experimentó sin que absolutamente nada práctico pudiera salir de ello, hasta que llega este joven, Spencer, fotografiando ollas. Gracias a Ambos, el arte de esta región es conocido en todo el mundo (tristemente, excepto en México: Juan Quezada tiene un montón de premios internacionales, pero es prácticamente un desconocido en México, y su arte es una cosa excepcional; algo que uno podría observar por horas y horas); Juan Quezada ha creado aquí toda una escuela de arte sin ninguna influencia externa: todo surge de su interior. Nunca se ha repetido, nunca ha copiado nada. Toda la cerámica que produce es de una belleza exquisita, incluso los trozos rotos. No hay, no creo que exista en el mundo, un artista como él, que haya partido de cero, y que ha creado escuela: hoy día visitar su pueblo (Mata Ortiz) es poco más o menos el equivalente a visitar Taxco, en Guerrrero, salvo que lo que se produce con vasijas, no plata. Ustedes pueden conocer esta cerámica si le dan clic aquí: http://www.mataortiz.com/

Y toda la increíble derrama económica que ha venido sobre esta región se debe solamente a este viejito, que me cayó tan mal porque tiene el mal hábito de llegar a punto de iniciar y quitar gente de su lugar. Pero el punto es ese: Uno nunca sabe a quién tiene al lado.

Yo no sé si alguna vez has saboreado el acre y resentido sabor de percibir que no eres reconocido como debieras. Si es así, permíteme te afirmo que en su momento el sultán vuelve a ser sultán, el hombre regresa del pasado y vuelve a ser él mismo, el anciano Spencer al final es reconocido por ser quien es, y en su momento todo el mundo sabrá de ti. De lo bueno que haces, de ese esfuerzo por no sólo dejar pasar la vida, sino por hacer de esto algo mejor. No te preocupes: al final, si eres constante, lograrás trascender. Que tengas buen día vagando ignoto entre tu pueblo:


Óscar Pech
"In the faces of men and women I see God"
Walt Whitman, from Leaves of Grass

Publicar un comentario