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jueves, 5 de marzo de 2009

La aburridora de nuevo (El amor y el matrimonio).

Amigos y familiares:

Hay muchas ideas que revolotean en mi mente en este momento, desde hace tres días, sin que encuentre la manera de deshacerme de ellas, como moscas encerradas en un cuarto, que zumban y zumban mientras se dan de topes contra la ventana.

Los que somos o hemos sido casados lo sabemos: no hay una empresa más difícil que mantener un matrimonio estable. Hay unos pocos afortunados que llegan a encontrar a alguien de quien se puede permanecer enamorado toda la vida, pero la inmensa mayoría no se enamora de una persona, sino de la imagen que se tiene de esa persona, y cuando uno se casa, esa imagen (haya sido falseada de manera deliberada o no) desaparece, y uno conoce en realidad a la persona con la que estará unido de por vida. Si me lee alguien soltero, el mejor consejo que podría darle es que la obediencia nace del respeto, y el amor de la admiración, y que uno terminará casi siempre por ser una réplica fiel de su padre o madre, así que antes de pedir la mano de tu novia, o antes de dar el sí, observa a tu suegra(o), y piensa si te gustaría pasar la vida unido a él. Cuando tu pareja envejezca, estarás casado con algo muy parecido a tu suegra, física, cultural y anímicamente, con sus mismos prejuicios y sus mismas manías. Si admiras a tus suegros antes de casarte, imagino que tienes muchas posibilidades de ser feliz su hija(o), con quien te cases. Ojalá todo joven pudiera darse cuenta de que nadie se casa con una persona: se casa con una familia. Es decir, que no sólo serán parte de tu familia cuñados, suegros, primos, tíos, etc., sino que te casas con maneras de ser que han formado parte inherente de la manera de ser de tu pareja por generaciones, y que son cosas que tendrás que aceptar, porque de hecho parte de ellas también las tendrán tus hijos: se van a nutrir con ellas como parte de la leche materna.

Pero claro, esto no es sino una mera teoría casera. Después de muchos años de matrimonio, hay quien llega a pensar que el amor no existe, que en realidad nunca existió, y que nos casamos engañados; que el césped del vecino es siempre más verde (lo cual, por cierto, es correcto: por el ángulo de visión su césped siempre parecerá más verde, y nuestro césped le parecerá más verde a él, y esa ilusión visual se corrige muy fácilmente: sólo tienes que tener la habilidad de ponerte muy bien en sus zapatos, tomar su perspectiva de las cosas, y casi siempre descubres que, en efecto, su jardín no es más verde. Casi siempre es igual que el tuyo, o acaso más marchito, pero si alguien persiste en esa actitud de que el jardín del vecino es más verde, de que "si yo me hubiera casado con fulanita, mi vida sería más feliz", esa ilusión visual sólo te llena de amargura, de resentimiento o desesperación y, lo más importante, te impide reconocer los aspectos bonitos de tu propio jardín).

Tampoco es exactamente cierto que en el noviazgo todos buscamos tener una chapa de oro que desaparece al casarnos, y entonces mostramos el cobre, pero un poco esto sí es así. Es raro, pero casi siempre lo que es virtud en el noviazgo termina por ser defecto en el matrimonio, y lo que más admira una novia, si no es genuino, será lo que más aborrezca de ti con los años de matrimonio: lo que parecía gentileza pasa a ser evaluado como hipocresía, y lo que era divertido pasa a ser monótono; la franqueza será evaluada como cinismo, etc. A veces pienso que cuando alguien se casa el juez debería leerle una variante de la declaración Miranda: uno debería saber que absolutamente todo lo que diga será usado en su contra.

Si entiendo bien la vida, para que un matrimonio funcione, no tienes que casarte con la mujer o el hombre más hermoso del mudno, pero sí es cierto que tienes que sentirlo; tienes que estar convencido de ello al casarte, porque para que tu matrimonio funcione no basta con aguantar convenciones y sufrir en silencio, sino que tienes que estar de continuo enamorado, y hay algunas cosas que ayudan a que uno pueda permanecer así, continuamente enamorado de tu pareja. Ojalá esto te pueda ayudar, seas casado o seas soltero. Son cosas que he notado en matrimonios felices (porque claro que los hay); y jugando mucho a un juego que no puedo dejar de jugar siempre que conozco a alguien, sea hombre o mujer. Me pregunto siempre, "¿Cómo será estar casado con él (o ella)?" Y uno siempre aprende, aprende mucho de la naturaleza humana: ves muy claritos los defectos de la persona, de lo que implica convivir con esa persona, y ves muy de cerca sus cualidades. Pero bueno, los consejos que pueden ayudar en tu matrimonio, presente o futuro, seas casado, seas soltero:

1. Hace tiempo, creo que ya les conté esto, fui a comprar pan. Encontré al panadero muy viejo, muy delgado, literalmente muy abandonado. Lo quiero mucho, es un hombre bueno, y le pregunté que qué le pasaba, y entonces me contó que su mujer lo abandonó. La historia es larga y no tiene que ver con lo que quiero decir. Simplemente, él no se esperaba eso. Y entonces, con los ojos rasados de lágrimas, que es la manera más dolorosa de no llorar, me dijo: "yo creía que uno trabajaba duro, y que uno merecía un buen trato en la casa. Que uno se agotaba por la familia, y merecía atenciones. Ahora entiendo que no es así: uno jamás merece nada". Si tú estás dando en tu matrimonio, esperando recibir una porción equivalente, hermano, estás de veras muy equivocado. Eso sólo te llevará a sentir la amarga certeza de que te han estafado. Si quieres ser feliz en el matrimonio, Debes pensar que tienes que dar todo, el 100% de ti, y que no vas a recibir nada a cambio. De hecho, y todos los casados estarán de acuerdo conmigo, a veces será así, a veces será muy injusta la distribución de pesos en la balanza, pero si ves las cosas desde esa perspectiva, cuando tu pareja tenga un detalle para contigo, sentirás una gratitud sublime. No debes esperar que alguien tenga la obligación de darte nada en tu cumpleaños, Navidad, aniversario o día del padre, y así el golpe dolerá menos, si es que duele, y si llega algo, lo agradecerás mucho, mucho más que si esperaras algo, que no es lo que vas a recibir. En resumen: quita el egoísmo de tu matrimonio. Es la peor termita de una relación matrimonial.

2. Cultiva el romance. Claro, esto es muy fácil de decir, pero la verdad es que el amor se acaba. Y a veces se acaba el deseo de amar. El corazón se cansa, y a veces se pierden incluso las ganas de vivir, porque cuando no hay amor en el hogar la vida pierde su sabor, la brújula su norte, y no hay sentido en nada de lo que hacemos. Hace mucho alguien me compartió la siguiente historia (me la regalaron, la perdí, la busco ahora en la red, y la encuentro en muchas versiones, pongo una de muchas casi al azar):

EL BIGOTE DEL TIGRE

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Una mujer joven llamada Yun Ok fue un día a la casa de un ermitaño de la montaña en busca de ayuda. El ermitaño era un sabio de gran renombre, hacedor de ensalmos y pociones mágicas. Cuando Yun Ok entró en su casa, el ermitaño, sin levantar los ojos de la chimenea que estaba mirando dijo:

- ¿Por qué viniste?

Yun Ok respondió:

- Oh, Sabio Famoso, ¡estoy desesperada! ¡Hazme una poción!

- Sí, sí, ¡hazme una poción! ¡Todos necesitan pociones! ¿Podemos curar un mundo enfermo con una poción?

- Maestro -insistió Yun Ok-, si no me ayudas, estaré verdaderamente perdida.

- Bueno, ¿cuál es tu problema? -dijo el ermitaño, resignado por fin a escucharla.

- Se trata de mi marido -comenzó Yun Ok-. Tengo un gran amor por él. Durante los últimos tres años ha estado peleando en la guerra. Ahora que ha vuelto, casi no me habla, a mí ni a nadie. Si yo hablo, no parece oír. Cuando habla, lo hace con aspereza. Si le sirvo comida que no le gusta, le da un manotazo y se va enojado de la habitación. A veces, cuando debería estar trabajando en el campo de arroz, lo veo sentado ociosamente en la cima de la montaña, mirando hacia el mar.

- Si, así ocurre a veces cuando los jóvenes vuelven a su casa después de la guerra -dijo el ermitaño-, Prosigue.

- No hay nada más que decir, Ilustrado. Quiero una poción para darle a mi marido, así se vuelve cariñoso y amable, como era antes.

- !Ja! Tan simple, ¿no? -replicó el ermitaño-. ¡Una poción! Muy bien, vuelve en tres días y te diré qué nos hará falta para esa poción.

Tres días más tarde, Yun Ok volvió a la casa del sabio de la montaña.

- Lo he pensado -le dijo-. Puedo hacer tu poción. Pero el ingrediente principal es el bigote de un tigre vivo. Tráeme su bigote y te daré lo que necesitas.

- ¡El bigote de un tigre vivo! -exclamó Yun Ok-. ¿Cómo haré para conseguirlo?

- Si esa poción es tan importante, obtendrás éxito -dijo el ermitaño. Y apartó la cabeza, sin más deseos de hablar.

Yun Ok se marchó a su casa. Pensó mucho en cómo conseguiría el bigote del tigre. Hasta que una noche, cuando su marido estaba dormido, salió de su casa con un bol de arroz y salsa de carne en la mano. Fue al lugar de la montaña donde sabía que vivía el tigre. Manteniéndose alejada de su cueva, extendió el bol de comida, llamando al tigre para que viniera a comer.

El tigre no vino.

A la noche siguiente, Yun Ok volvió a la montaña, esta vez un poco más cerca de la cueva. De nuevo ofreció al tigre un bol de comida. Todas las noches Yun Ok fue a la montaña, acercándose cada vez más a la cueva, unos pasos más que la noche anterior. Poco a poco, el tigre se acostumbró a verla allí.

Una noche, Yun Ok se acercó a pocos pasos de la cueva del tigre. Esta vez el animal dio unos pasos hacia ella y se detuvo. Los dos quedaron mirándose bajo la luna. Lo mismo ocurrió a la noche siguiente, y esta vez estaban tan cerca que Yun Ok pudo hablar al tigre con una voz suave y tranquilizadora.

La noche siguiente, después de mirar con cuidado los ojos de Yun Ok, el tigre comió los alimentos que ella le ofrecía. Después de eso, cuando Yun Ok iba por las noches, encontraba al tigre esperándola en el camino.

Cuando el tigre había comido, Yun Ok podía acariciarle suavemente la cabeza con su mano. Casi seis meses habían pasado desde la noche de su primera visita. Al final, una noche, después de acariciar la cabeza del animal, Yun Ok dijo:

- "Oh, Tigre, animal generoso, es preciso que tenga uno de tus bigotes. ¡No te enojes conmigo!" Y le arrancó uno de los bigotes.

El tigre no se enojó, como ella temía. Yun Ok bajó por el camino, no caminando sino corriendo, con el bigote aferrado fuertemente en la mano.

A la mañana siguiente, cuando el sol asomaba desde el mar, ya estaba en la casa del ermitaño de la montaña.

- ¡Oh, Famoso! -gritó-. ¡Lo tengo! ¡Tengo el bigote del tigre! Ahora puedes hacer la poción que me prometiste para que mi marido vuelva a ser cariñoso y amable.

El ermitaño tomó el bigote y lo examinó. Satisfecho, pues realmente era de tigre, se inclinó hacia adelante y lo dejó caer en el fuego que ardía en su chimenea.

- ¡Oh señor! -gritó la joven mujer, angustiada- ¡Qué hiciste con el bigote!

- Dime como lo conseguiste -dijo el ermitaño.

- Bueno, fui a la montaña todas las noches con un bol de comida. Al principio me mantuve lejos, y me fui acercando poco cada vez, ganando la confianza del tigre. Le hablé con voz cariñosa y tranquilizadora para hacerle entender que sólo deseaba su bien. Fui paciente. Todas las noches le llevaba comida, sabiendo que no comería. Pero no cedí. Fui una y otra vez. Nunca le hablé con aspereza. Nunca le hice reproches. Y por fin, una noche dio unos pasos hacia mí. Llegó un momento en que me esperaba en el camino y comía del bol que yo llevaba en las manos. Le acariciaba la cabeza y él hacía sonidos de alegría con la garganta. Sólo después de eso le saqué el bigote.

- Sí, sí -dijo el ermitaño-, domaste al tigre y te ganaste su confianza y su amor.

- Pero tú arrojaste el bigote al fuego -exclamó Yun Ok llorando-. ¡Todo fue para nada!

- No, no me parece que todo haya sido para nada -repuso el ermitaño-. Ya no hace falta el bigote. Yun Ok, déjame que te pregunte algo: ¿es acaso un hombre más cruel que un tigre? ¿Responde menos al cariño y la comprensión?

Si puedes ganar con cariño y paciencia el amor y la confianza de un animal salvaje y sediento de sangre, sin duda puedes hacer lo mismo con tu marido.

Al oír esto, Yun Ok permaneció muda unos momentos. Luego avanzó por el camino reflexionando sobre la verdad que había aprendido en casa del ermitaño de la montaña.

En I Juan 4:19 se lee: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero”. Amamos a Dios, porque Él nos amó primero. H. Burke Peterson dijo alguna vez: “Uno de los secretos más eficaces para la felicidad se encuentra en I Juan 4:19. Esto ha de ser así, porque es lo correcto. Vuestros hijos os amarán; vuestros hermanos os amarán; vuestro compañero eterno os amará, porque vosotros los habéis amado primero. Esto no quiere no quiere decir que sucederá en un día, en una semana, o en un año; pero sucederá si persistís en ello y no os dais por vencidos”. Sólo es eso: persiste y no te des por vencido

3. Acepta a tu pareja tal como es, y ten grandes expectativas de ella. En lo particular, hasta donde yo he visto, casi nunca un hombre se levanta por encima de las expectativas de su esposa. Necesita ser de veras un gigante para estar por encima de una esposa que no cree en él. Creer en tu esposo es, en buena medida, lo que significa el dicho de que "detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer". Creer en tu esposo no significa llevar el púlpito a la casa y dar grandes discursos, sino simplemente creer en él. Es algo que se siente. Yo conozco a MUCHOS hombres que hacen de la oficina o del trabajo un segundo hogar, no porque amen el trabajo, sino simplemente porque tienen la percepción de que en su hogar no se les valora; no son bienvenidos. Acaso en este apartado vale la pena agregar la confianza. Necesitas confiar en tu pareja. No puede haber felicidad para quien desconfía de su pareja. Si puedes, esfuérzate por ganar (o dar) la confianza de tu pareja.


4. Sirve, sirve siempre que puedas. Observa qué necesita, y adelántate. Conozco a una pareja muy singular. La esposa le regala un iPod al esposo de cumpleaños, y con eso el esposo sabe que lo que ella quiere de cumpleaños es un iPod. Medio ridícula la cosa, ¿no? Observa qué necesita, y sin que te lo pida, adelántate. Una ley de la vida es que servimos con gozo a quienes amamos, y al final terminamos por amar gozosos a quienes servimos. Cuando sirves de corazón, se desarrollan sentimientos de ternura; de caridad genuina por quienes servimos.

5. Como seres humanos tendemos a obviar las cosas. Damos por sentado que el sol siempre va a salir, que el agua siempre va a estar, que siempre habrá gas, luz eléctrica y teléfono; que nuestro matrimonio siempre va a estar allí. A veces, por lo mismo, somos desconsiderados, y creemos que nuestro cónyuge debe aguantar todo: nuestros malos hábitos, nuestra mediocridad, nuestra insolencia, y dañamos. Dañamos siempre más, a quien más deberíamos proteger. Es triste, pero así suele suceder. Con todo, si quieres un matrimonio sano, debes perdonar. Perdona, perdona siempre. Claro, aquí hay que hacer un poco de exégesis (luego envío un correo al respecto): uno debe perdonar, pero también debe haber un arrepentimiento completo. Una cosa es que uno perdone, y otra que la persona sea perdonada. Nadie puede ser absolutamente perdonado si no cumple con los pasos básicos del arrepentimiento. No desgloso todo en detalle, porque esta carta se está prolongando demasiado, pero destaco unos pocos puntos del proceso de arrepentimiento, a saber, 1, que reconozca que hizo mal, Hay una fuerte base teológica para ello. Cristo tomará tus pecados sobre sí, si los reconoces como tuyos. Pero si te escudas en alguien, y tratas de echarle la culpa de tus actos, no puede tomar tus culpas sobre sí, porque no las estás reconociendo como tuyas. 2, que sienta verdadero pesar o dolor por lo que hizo. Si no hay sufrimiento, no hay arrepentimiento. Debe doler, porque si no duele, lo volverías a hacer de nuevo. El dolor debe ser tan grande, como para que no lo vuelvas a cometer. Cada persona que de verdad quiere arrepentirse debe visitar su propio Getsemaní. 3, confesar. Nuevamente, hay razones teológicas en esto: si confiesas, es porque quieres arrepentirte, y puedes aspirar a obtener misericordia, pero si alguien no confiesa, sino sólo hasta que es confrontado con la evidencia de sus errores, entonces no puede pedir misericordia, sino sólo aspirar a la justicia. 4, restituir. Eso es muy difícil, porque ¿Cómo restituyes la confianza de alguien? ¿Cómo restituir tiempo de sufrimiento, de abandono, de soledad? Muy difícil, ¿no? 5. Abandonar el pecado y nunca volverlo a cometer. Tan simple como eso. Muchas veces uno ve que el centro de una persona (casi siempre pasa eso con las mujeres) gira en torno a los hijos. Malamente: quien debe ser el centro de tu vida debería ser tu pareja; ella debería estar por encima de todos tus intereses.

Ahora, sé que ya me extendí demasiado, y temo aburrirles, por lo que simplemente doy una advertencia contra dos venenos del matrimonio, sobre todo cuando hay mucha afinidad entre ambos y trabajan en el mismo ramo:
1. El orgullo, la competencia, que es lo opuesto de la admiración. Cuando la relación se vuelve una relación de poder, y ella o él tratan de ser más que su pareja.
2. La deslealtad. No hay deslealtad pequeña. En el matrimonio, por lo sagrado que es, no hay pecado pequeño.

Una vez más, a veces (y ese “a veces” es “muchas veces”) hay sentimientos lastimados en el matrimonio. A veces es como una rutina, el lastimar o ignorar, o menospreciar a nuestro compañero. Si quien es el ofendido casi siempre eres tú, piensa que nada justifica nada. No hay acción, por monstruosa que sea, que justifique una venganza de ninguna índole, ni en el matrimonio, ni en una amistad, ni en relación humana alguna. Ninguna acción justifica otra en contra. Si entiendo bien las cosas, todo hecho en esta vida debe justificarse a sí mismo, o si no, también nosotros tenemos qué arrepentirnos.

Perdonen lo largo de esta carta, perdonen si les aburrí, pero de corazón, espero que pueda servir a más de uno. Que pueda mostrar una senda de alivio a quien sufre, o a quien tiene un matrimonio enfermo. Si has llegado hasta este punto de la carta, y ves que no te sirve para nada, bueno, tal vez quieras reenviarla a alguien. O tal vez quieras imprimirla y leerla con calma con tu pareja, y establecer metas, que les lleven a establecer un hogar ideal. Que todos ustedes puedan tener un buen día; una buena mitad de semana:

Óscar Pech

"In the faces of men and women I see God"

Walt Whitman, from Leaves of Grass


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