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sábado, 4 de abril de 2009

Pruebas y tentaciones

Buenas noches:

A lo largo de muchos días he estado pensando mucho en esto. En pruebas y tentaciones. Son dos cosas muy diferentes, pero de alguna manera semejantes, al grado que una puede confundirse con la otra. Y eso es raro, que viniendo de fuentes opuestas, con propósitos opuestos se confundan, pero eso se debe a que ambas tienen que ver, de alguna manera, con el dolor. Siempre que hay dolor en nuestra vida, se trata de una o de otra, de pruebas o de tentaciones. Sé que debo de hablar de esto, pero este es uno de esos temas que dan para mucho, como para, incluso, escribir un libro acerca de ellos, pero hacerlo, es decir, ponerse a investigar y todo ello, tal vez haga que esto pierda espontaneidad, y no es el propósito de este estudio, así que por ello mejor sólo doy algunas impresiones personales al respecto.

Pruebas.
Partamos de algunas premisas: Todos nosotros existimos antes de nacer. Nuestro inicio no se da al momento en que nuestros pulmones se llenan de aire por primera vez. Tenemos millones y millones de años de experiencia y, aunque al momento de nacer se nos puso un velo que nos impide recordar lo que fue nuestro pasado, no hemos perdido los miles o millones de años de experiencia que tuvimos al ser preparados antes de nacer. En ese sentido, vivir esta vida es un poquito como bailar con los ojos cerrados: no vemos con claridad, pero quien sabe bailar, puede hacerlo. Hemos sido capacitados por miles de años (D. y C. 138: 55-56), y esta vida es una especie de examen. Hace tiempo, cuando leía esto: que estábamos aquí para demostrar a Dios que de verdad le amábamos, y que de verdad queríamos seguirle, era una declaración que no dejaba de irritarme, pero con el paso del tiempo creo que lo entendí mejor. Esta vida es el examen, y al nacer se nos puso el velo para demostrar que de verdad habíamos aprendido; esta vida es una prueba a la que no podemos entrar con acordeón, sino que hemos de andar por fe. Esa es la razón por las que vienen “pruebas” a nuestra vida. Como dice en Abraham 3: 22-23: “Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos puedan morar; y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare”. Y como dijo Henry B. Eyring: “La gran prueba de esta vida es ver si daremos oídos a los mandamientos de Dios y los obedeceremos en medio de las tormentas de la vida. No se trata tanto de soportar las tormentas como de hacer lo justo en medio de ellas”; no se trata de soportar las pruebas, sino de ver cómo reaccionamos en medio de ellas. Esa es la prueba, pues. Una prueba bien diseñada no sólo mide qué tan bien hemos aprendido, sino que nos sirve para aprender de ella. Y así es con las pruebas del padre. El Señor le dice a Abraham que sacrifique a Isaac, y al obedecer, él aprendió que así como él había estado dispuesto a Sacrificar a su hijo, así El Padre sacrificaría en verdad a Su Hijo; aprendió que podemos confiar en Dios; aprendió que cuando ponemos todo lo que más queremos sobre el altar más nos parecemos al Salvador mismo. Otro ejemplo: El Señor le promete a Sara que tendrá un hijo, y ella es estéril, y la promesa tarda en cumplirse, hasta que ella tiene 90 años, pero de eso ella aprendió: aprendió que El Señor nunca falla; que siempre cumplirá sus promesas, no cuando nosotros lo queramos, sino cuando en su gran sabiduría sea mejor para nosotros. La fe no es un conocimiento perfecto, y por eso el Padre no obra con algo así como acción-reacción. No hay tal cosa como "haces el bien, te va bien de inmediato" y viceversa, porque eso no fortalecería nuestra fe, y para regresar a la presencia del Padre necesitamos una fe perfecta.
Luego entonces, las pruebas vienen de Dios, nos miden y --si las pasamos bien-- nos fortalecen nuestra fe. Ese es su propósito, porque en esta vida no sólo está esa prueba.

Una vez más: la manera en que respondemos a la prueba es mucho más importante que simplemente "soportar" la misma. Si tenemos la entereza de ayudar a otros en medio de nuestro dolor, es la manera en que la prueba nos perfecciona, y en medio de la misma prueba recibimos paz, la paz que viene de tener la compañía del Espíritu, de tal manera que cuando eres fiel, incluso en medio de tus lágrimas puedes ser feliz. ¿Quieres ser más feliz? Si tienes pruebas difíciles en este momento, ¿Puedes buscar a alguien más necesitado que tú en este momento y animarlo, ayudarlo, elevarlo moralmente, y esto con una gozosa y sincera sonrisa? Entonces verás que tus problemas se hacen más pequeños. Hasta donde yo lo he visto en mi vida, así es como funcionan las cosas: funcionan. Como dijo hace un ratito Richard G. Scott: "Si vivimos dignamente, no hay por qué quejarnos de las cosas que pasan a nuestro alrededor".

Pienso ahora en las últimas palabras que Joseph B. Wirthlin dijo en público antes de morir:

Cuando era joven me encantaba jugar deportes y tengo lindos recuerdos de esos días; pero no todos son agradables. Recuerdo que un día, después de que mi equipo de fútbol americano perdió un partido difícil, llegué a casa desanimado. Allí estaba mi mamá y escuchó mi triste relato. Ella enseñó a sus hijos a confiar en sí mismos y el uno en el otro, a no culpar a los demás por sus infortunios y a poner su mejor esfuerzo en todo lo que hicieran.

Cuando nos caíamos, esperaba que nos levantáramos y que siguiéramos adelante, así que no me sorprendió del todo el consejo que me dio; lo he recordado toda la vida.


“Joseph”, dijo, “venga lo que venga, disfrútalo”.


He reflexionado a menudo en ese consejo.


Creo que lo que quiso decir es que todos tenemos altibajos y ocasiones en las que parece que los pájaros no cantan ni las campanas repican. Sin embargo, a pesar del desánimo y la adversidad, las personas más felices parecen saber cómo aprender de los tiempos difíciles y, como resultado, llegan a ser más fuertes, sabias y felices.


Quizás haya quienes piensen que las Autoridades Generales raras veces experimentan dolor, sufrimiento o angustia; si tan sólo fuera verdad. Aunque todo hombre y mujer que está en este estrado hoy ha experimentado una gran medida de gozo, cada uno también ha bebido profundamente de la copa de la desilusión, del dolor y de la pérdida. En Su sabiduría, el Señor no protege a nadie del dolor ni de la tristeza.


Ahora se me ocurre que el tiempo de la prueba siempre es dulce, una vez que la prueba ha pasado. Y si para ti todavía no es dulce, es porque todavía no ha pasado la prueba. Pero lo será. Las pruebas más difíciles en el presente llegan a ser las cosas más dulces en el futuro. Bueno, hasta aquí de pruebas: ahora hablemos de lo otro:


Tentaciones.
Por otro lado, también está nuestro enemigo común, Satanás, que desea destruirnos, y él es el padre de las tentaciones. Si entiendo bien las cosas, él fue mentiroso desde el principio, y es muy hábil en ello. Tiene millones de años de experiencia. Si la manera del Padre es obrar por medio de la fe (tendrás tu recompensa, pero casi nunca será de inmediato), la de Satanás es absolutamente diferente. Es hábil para engañar: nos hace creer que necesitamos algo que nos va a dañar. Para vender su producto nos hace sentir que ese producto va a satisfacer alguna de nuestras carencias, como la de sentir amor, aceptación, o autovalía, por ejemplo, cuando de hecho no será verdad: o la satisfará pero no de manera plena, sino sólo por un momento, como cuando uno sueña que come y, cuando despierta, su cuerpo tiene todavía más hambre. Tercero, nos da bien poquito, pero nos garantiza satisfacción instantánea. Cuarto, nunca nos dice cuánto tendremos que pagar por ese momento de gratificación, y a veces uno paga toda una vida por una decisión mal tomada, como casarse con la persona equivocada, por ejemplo. Satanás es muy astuto: nunca se muestra exactamente tal cual es, o nadie compraría sus mentiras. Por lo general nos muestra sus cosas disfrazadas de otra cosa. De hecho, es frecuente que sus invitaciones vengan vestidas de la más cándida inocencia. Dijo John Taylor que él nos dará 99 verdades y una sola mentira... para con esa mentira arrastrarnos al infierno. Pero (eso lo digo yo) la verdad nunca viaja por cauces de mentiras. Si una tubería de agua potable viajara junto a una de drenaje, ésta tuviera una fuga, y la de agua potable una mínima fisura, sólo una pequeñita, en ese momento el agua potable deja de serlo. Una tentación es, en buena medida el equivalente exacto de un anzuelo: algo muy vistoso que llama nuestra atención y que sólo nos traerá dolor. Dolor a nosotros, y a quienes más amamos. Así funciona el pecado: dañamos más, a quien más nos ama. Y uno siente que, de alguna manera está justificado, pero ese es otro engaño. Si alguien me daña, eso no me justifica para dañar. Nada justifica nada: toda acción debe estar justificada por sí misma. Un punto más, cito de la Liahona de mayo de 2007, habla Élder Robert D. Hales:

Ahora es el tiempo para obedecer. En la vida preterrenal, nuestra obediencia no era selectiva; no seleccionábamos ni elegíamos las partes del eterno plan que obedeceríamos. Aprendí esa lección la primera noche que volamos solos en el entrenamiento de pilotos, cuando a todos se nos dio la instrucción: “No hagan vuelos acrobáticos de noche; son pilotos principiantes que no han sido capacitados en los instrumentos de vuelo”. Un tiempo después, alguien que era un buen piloto, en la mayoría de los casos, y un gran amigo, decidió desobedecer la orden. Al dar giros y volteretas en el cielo nocturno de Texas, miró por la cubierta de la cabina de mando y pensó que veía las estrellas por encima de él, pero en realidad lo que veía eran las luces de las plataformas petrolíferas en tierra. Lo que experimentaba era vértigo; la fuerza de gravedad que se ejercía sobre el avión producía un efecto en el que parecía que éste estaba boca abajo, pero, en realidad estaba boca arriba. Al tirar de la palanca para elevarse en el cielo nocturno, se precipitó hacia tierra y se estrelló contra las luces centellantes del campo petrolero.

Cuando uno está piloteando un avión, si se cambia la posición tan sólo un grado a la vez, el oído interno no detecta el cambio. Hermanos, jóvenes y mayores, al practicar la obediencia selectiva, cambiamos nuestra posición con relación al Señor, y por lo general lo hacemos un grado a la vez. A medida que las fuerzas engañosas del adversario actúan sobre nosotros, no las podemos detectar y sufrimos vértigo espiritual. Aunque parezca que vamos en dirección segura, en realidad vamos camino al desastre. En la vida preterrenal nuestra decisión de seguir al Señor era: o todo o nada. El seguir ese modelo durante nuestra probación terrenal permitirá que cada uno de nosotros regrese a nuestro Padre Celestial. Claro, una de las cosas más terribles del mal es que las heridas producidas por el pecado nunca las siente --al principio-- el que es herido, sino hasta que ha descendido bastante por ese resbaladero.


Uno no puede darse el lujo de alejarse ni un poquito de la influencia del Padre o empezamos a perder suelo. La experiencia del vértigo espiritual es muy real. Sientes que tu vida va dando bandazos (down and out) y no hallas la manera de detenerte, porque el pecado es como ese resbaladero mencionado arriba: una vez que inicias vas tomando cada vez más velocidad, y mientras más tardas en detenerte, más difícil es, y más te va a doler. Es sólo eso: has caído en poder de tu enemigo, y no es que Dios te esté castigando, sino que te has alejado de su influencia protectora. Dos veces Élder Hales ha usado esa metáfora del vértigo. Te sugiero la Liahona, noviembre de 2001, p. 7. Vale la pena leer el artículo. Sólo tienes que dar clic aquí, y luego dar clic en el ejemplar de noviembre, y buscar dicha página 7. Creo que vale la pena.

Las pruebas fueron hechos para fortalecernos. Las tentaciones, para destruirnos. Por eso es
necesario haber desarrollado y nutrido la fe en Jesucristo mucho antes de que Satanás nos golpee, como lo ha hecho, hace y hará, usando todo lo que tenga a su alcance: apelando a dudas, a nuestros deseos carnales, a veces incluso a necesidades reales e insatisfechas, o cuando con la voz de la mentira nos diga que lo bueno es malo y que no hay pecado. Yo creo que debemos estar bien conscientes de que vivimos en medio de una tormenta de iniquidad, una tormenta que es cada vez más fuerte, y que las Escrituras dicen que no hará sino empeorar.

En Hamlet, Shakespeare nos habla de cómo vencer la tentación. Es muy simple: sólamente resiste y conforme más resistas, la tentación se irá haciendo más débil. Sólo resiste, aunque de hecho las cosas no son exactamente así; hay un modelo que sucedió con Moisés en la alta montaña, y que siempre se repite: Resistió la tentación (Moisés 1:12 y ss.), entonces Satanás atacará siempre con más fuerza (
Moisés 1: 19), Pero Moisés, pese a su propia debilidad, persisitió en su decisión de hacer el bien, y entonces (Moisés 1: 20 y ss.), Satanás terminó por retirarse. Imagino que la clave está en tener firme la decisión de no caer. Algo de lo que todos sabemos: ser como José, que había decidido que no iba a caer, y por eso cuando lo tienta la esposa de Potifar, prefiere dejar la capa, antes que seguir en el lugar donde puede ser vulnerable a la tentación.

Un paréntesis: en Isaías 6 se habla de una visión que tiene le profeta Isaías acerca de serafines en la presencia de Dios. Serafines llenos de alas. No que haya seres con alas, eso es meramente simbólico. Las alas representan el poder para moverse y para actuar. Con un par de alas (de su poder) cubren su rostro (lo que ven, lo que hablan); con dos sus pies (sus pasos, sus metas, el lugar hacia donde se dirigen), y con dos vuelan (obran) y el versículo 3 dice que uno a otro, sí, estando en el cielo mismo, se fortalecen mutuamente. A mí me gusta mucho pensar en ello. En que en todo momento debo fortalecer a aquellos a quienes me rodean, de alguna manera, con mis palabras, con mi ejemplo, con mi manera de ser
, porque no importa cuánta fe en Dios tengamos ahora, será preciso fortalecerla continuamente y mantenerla fresca.

Bueno, pues este correo llega a su fin. Hay muchas cosas que me habría gustado explicar más en detalle, pero así como están, están bien. Si tuviera que agregar algo, sería lo siguiente: hay algunas cosas que nos ayudan a poder vencer las tentaciones, y que creo, ayudan mucho: Uno es el mandamiento de deleitarse en la palabra de Dios. Otro es orar siempre. El tercero es el mandamiento de ser pagador de un diezmo íntegro. El cuarto es huir del pecado y de sus terribles efectos. El quinto y último es cantar himnos, fuerte, con ganas, siempre que puedas. Cada uno requiere fe para comenzar y luego perseverar, hasta que se vuelven parte de uno y luego todos, en conjunto, fortalecen nuestra capacidad para conocer y obedecer los mandamientos del Señor. Ojalá leer esta carta no haya sido una mera pérdida de tiempo:



Óscar Pech
"In the faces of men and women I see God"
Walt Whitman, from Leaves of Grass

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