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viernes, 22 de mayo de 2009

Agentes literarios (la ola no se cansa de golpear la orilla)

Cuando pienso en mí, cuando me preguntan qué soy o cuando trato de definirme a mí mismo (aunque nunca dé esa respuesta) para mí respondo de manera automática: "escritor", y ya luego corrijo, sonrío y miento, diciendo que soy un maestro, o un administrador, o lo que sea. Pero la verdad es que ante todo soy eso: alguien que no deja de redactar, ya sea cuando manejo por largas horas en una carretera y sólo se escucha el viento y mis pensamientos, o cuando camino del trabajo a la casa, cuando lavo los trastes, cuando la luz está apagada y trato de dormir, suelo pensar y redactar, imaginar, crear personajes, ver cosas en mi mente.

Y al principio, hace unos 15 años, cuando terminaba de escribir un libro, buscaba publicar casi con desesperación, con vehemencia. Es algo que, de alguna, manera parece estar asociado, ¿no?: "¿Para qué escribes?" "Para publicar". Tratar de publicar ha sido, hasta ahora algo que es sumamente doloroso. Deja te trato de poner algunos ejemplos, para que puedas entender cómo es esto. Imagina que haces pasteles para vender, pasteles que sabes que son muy buenos, que tus amigos que lo han probado te dicen que son de veras muy buenos, pero cuando tratas de venderlos, simplemente nadie los compra. Vez tras vez se quedan en el mostrador, tu trabajo no reporta beneficio alguno. ¿Cuánto tiempo más seguirías tratando de hacer pasteles? O lo contrario: imagínate que tienes buenas ideas, que pueden mejorar las cosas en tu empresa, y vez tras vez vas con tu jefe a hablarle de tus ideas y nada: ni una sola vez te hace caso. ¿Cuánto tiempo compartirías tus ideas antes de decidir que ya no lo vas a hacer? Poner un pastel en el mostrador implica poner toda tu esperanza en que habrá un resultado. El fracaso continuo puede muy bien hacerte pensar que no vale la pena esforzarse, y que uno puede bajar sus propios estándares... al fin y al cabo, ¿quién lo va a notar? O lo peor, te puede llenar de resentimiento, o aniquilar tu autoestima. Porque cada puerta que se cierra es un golpe durísimo a la autoestima. Con mi cuarto libro (mi segunda novela) fue una crisis muy dura. Incluso escribí dos poemas muy tristes y muy bellos al respecto, diciéndome que había que levantarse, limpiar los raspones, y seguir en la carrera, que la vida es eso, finalmente. Por si les interesa, los copio aquí:

En medio del tornado
mi corazón se agita.
Y sus pequeños brazos
retienen, azorados,
lo que con dolor pueden salvar
del naufragio del tiempo.

Esto no es nuevo: desde siempre
el paso del tiempo son ruinas continuas.
Humo que se desvanece.
Banquete perpetuo donde se devora
cada instante en el momento en que nace.

Pero en medio de la estúpida orgía
de destrucción, desoladora y ciega,
brotan poemas.
Pero en medio del naufragio
surgen certidumbres
y a través del desastre se entrevén nuevas luces.

No temas, corazón mío.
No retengas a la fuerza tu pasado.

El tiempo destruye
y crea nuevas cosas.

No dejes de crear:
La lámpara de tu vida no se ha apagado.

lunes 10 de marzo de 1997, 2:00 a.m.



No todo está perdido;
el arte existe,
la belleza sobrevive.

No todo fue naufragio;
estrellas de papel,
silencio nocturno,
miradas que sonríen furtivamente,
la vida que crece antes de nacer,
el cosmos se renueva.

Qué importa
que ahora no publiques.
Otro round perdido,
sangre derramada fortuitamente en la batalla,
luz de faro que se pierde en la noche
mientras los barcos naufragan.

Sin embargo está el faro,
la sangre, la lucha.
El agua sigue su curso,
encuentra su cauce
y engendra nuevas vidas
en el silencio nocturno,
en las cosas sencillas.
No todo fue naufragio.
Vendrán tiempos mejores.

lunes 10 de marzo de 1997, 2:50 a.m.


No voy a hablar de lo que implica ir de editorial en editorial, tratando de que alguna puerta se abra... simplemente diré que se parece mucho a ir mendigando una moneda: algo que es arduo, muchas veces denigrante, y que a la larga, si las puertas no se abren, puede muy bien irte mermando tu sentido de la autovalía o de la autoestima. Es poner tu esperanza en manos de desconocidos, para que hagan con ella lo que quieran. Y eso suele ser degradante al extremo. Hay editoriales que sólo te dan largas, con palabras que destilan desprecio, o hay otras que simplemente nunca responden, u otras que de plano ni siquiera te abren las puertas. Pero si uno no es parte de determinado círculo, o si uno no tiene un agente literario, pues simplemente es un cero a la izquierda (y, lo que es peor: después del punto decimal).

Y entonces, los que de entre ustedes ya llevan buen rato en contacto conmigo lo saben, seguí escribiendo, primero sólo para mí, que es peligroso, porque crea una literatura de torre de marfil que tiende a producir excentricidades fabulosas. No sé si lo recuerdan, hace como tres años hubo un buen debate por carta con varios entre ustedes, acerca de si la literatura es algo para satisfacción del escritor, o algo que implica la comuniciación con sus semejantes. Gracias a los comentarios de ustedes (sobre todo del buen Javier Padilla) me di a la tarea de corregirme, y de crear algo que fuera hecho para lectores reales: ustedes. Y mis últimas dos novelas las he escrito y luego, vía Internet, quien ha querido de entre ustedes, las ha leído.

Esta, debo decirlo, ha sido una experiencia sumamente grata, de las más gratificantes que puede haber en la vida: escribo, ustedes leen, me dicen qué les parece bien, qué no, y a veces yo corrijo, a veces no. Pero ha sido un trabajo colaborativo muy padre, en donde lo que importa es escribir, un poco entre todos y para todos, crear algo bello, no publicar: entrar a la cocina y decirle al chef qué te gusta con la certeza de que te va a escuchar, aunque no siempre guise lo que esperas.

Y el tiempo, como suele suceder, pasa. Escribí la tercera de mis novelas, la terminé, algunos entre ustedes la empezaron a leer, y entonces en un correo alguien entre ustedes me motivó a buscar publicarla. Algo que uno rehuye, porque las editoriales a veces son avatares de Judas.

Pero entonces, decía, en un correo alguien me dijo: que en verdad escribo bien, que cuando alguien confía en ti, uno debe escucharlo, que la obra valía la pena, y como es de veras raro que alguien te diga: "Oye, yo confío en ti", me comprometí, y empecé a moverme para publicar. Al principio era como ver de nuevo una película muy vista muchas veces, y por cierto una película muy desagradable. Las editoriales no aceptan escritos, o sólo de autores renombrados, o que vengan con la recomendación correspondiente, o que vengan de un agente literario. Me puse a investigar y descubrí, con sorpresa, que en México sólo hay siete agentes literarios, y que por cierto no es fácil dar con ellos en la Sección Amarilla. Encontré el siguiente artículo, que creo que vale la pena leer:

http://www.eluniversal.com.mx/cultura/50684.html

y busqué al agente entrevistado. Vive en Alemania. Es el editor de José Saramago, y me aventé a contactar con él. Me aceptaron el original, así como unas pocas editoriales. Las respuestas han ido llegando. Todas negativas, para variar. Pero no importa: esta vez me cuidé de ser tan osado como pude serlo, pero sin poner en la primera línea de batalla a mi autoestima. La puse al buen recaudo, protegida por la certeza de saber que si no publico ahora, será después, y si no publico nunca, tampoco importa: algunos pocos de mis amigos me leen, y tengo la certeza y la gran satisfacción de que me disfrutan. Cosa rara escribir para cinco personas. Cosa rara tener problemas en casa por dedicar mucho tiempo a escribir, sabiendo que sólo cinco personas me leerán, pero entiendo que todo esto no es sino la preparación para lo que vendrá más adelante.

Terminé la novela, y mientras se publica o no, sigo escribiendo, incansable. La salamandra y el Ave Fénix será una obra excepcional. Lo sé. Y mientras escribo, me repito a mí mismo que esa es la única manera: la de ser incansable. Las grandes batallas siempre se libran en soledad, en no dejarse vencer. Y yo en eso ando: ignorando cualquier circunstancia que me limite, por ríspida que ésta sea. No sé si estas palabras te sirvan a ti, pero mi único consejo es ese: no te rindas. Cada fracaso te acerca más al éxito. Así es, y así debe de ser. Que todos ustedes tengan un fin de semana bellísimo, como este mundo que nos rodea:

Óscar Pech
"In the faces of men and women I see God"
Walt Whitman, from Leaves of Grass
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