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domingo, 21 de junio de 2009

Noches de OP (un correo muy viejo)

Comparto un correo muy viejo, de un momento muy difícil de mi vida: Vivir en una ciudad escandalosa y sin civilización. Va, pues:

He aquí que mis vecinos se han vuelto parte de mi vida. Digo, en toda mi vida mis vecinos inmediatos han sido meros conocidos, o amigos ocasionales, pero nunca habían llegado a meterse tanto en mi (ni a meterme tanto en su) vida: se meten en mi vida, porque ya lo sé: cada vez que no hay puente, o ahora en lo que llevamos de vacaciones, los vidrios vibran con el golpeteo de su música, de lo más corriente que hay: "pa que revuelcas el agua, si te la vas a tragar", fue la que ponían anoche vez tras vez, hasta las dos de la madrugada y yo, que no puedo dejar de corregir vez tras vez: el agua se revuelve, no se revuelca.


Y me meten en su vida, porque como todo lo anuncian a gritos, vemos con los oídos cómo golpean s sus nietos, los pleitos de Ramón con su flamante esposa hasta que se divorciaron (anoche reflexionaba en eso: el pobre cuate todavía no termina de pagar todas las deudas que contrajo para casarse, y ya se divorció, pobre tipo); la otra noche el vecino llegó muy espantado: había atropellado a alguien, tenía miedo de que lo hubieran visto y llamaran a la policía, y estaba tan nervioso y hablaba tan alto, que nos lo hizo saber a toda la colonia.

Esto a veces es un tanto irritante, pero no me exaspero: toda una vida de insomnio me ha preparado para lo que ahora vivo y no me es tan difícil. Así que anoche, que yo no podía dormir (cuando ya apagaron la música, era tal mi estado nervioso, que de veras tardé para conciliar el sueño), me puse a pensar en un argumento al estilo de Patricia Highsmith. Y que ahora, que sí se fueron a dormir tempranito y en silencio (pero me atacó el insomnio) se los paso al costo. Va:

El Señor Amaro (que no es otro que mi vecino) es exactamente como es mi vecino. Entonces se muda aquí, a la casa donde vivo yo, el señor Recendiz, que es un tipo sumamente apocado. Empieza casi de inmediato a ser víctima de los Amaro: la música, el auto estacionado siempre a la entrada de su garage, de manera que aunque llegue cansado de su trabajo, siempre antes de entrar en su casa tiene que pedirle a sus vecinos que si pueden por favor mover su carro, su esposa siempre tiene que barrer la basura de los Amaro, porque como la calle tiene un pequeño declive, los Amaro siempre se contentan con barrer la basura para la casa de junto, cosas así.

Entonces una noche, Resendiz está armando un modelo a escala en el patio de atrás. Es un hombre muy meticuloso, muy pacífico: de esos que no rompen un plato no porque no esté en su naturaleza, sino porque es extremadamente reprimido. Es incapaz de levantar la voz o de mostrarse en desacuerdo con alguien. Jamás ha contradicho a nadie en su vida, ni a sus padres, ni a sus jefes (así que no se hagan ilusiones, amigos y familiares: Reséndiz no soy yo: ¿Alguna vez han visto lo que pasa cuando alguien trata de empujar a Óscar Pech? Vergonzoso, ¿verdad?).

Recendiz ya no aguanta a Amaro, y siente por él el más sincero odio. Son demasiadas desveladas las que le debe: quiere paz: su jefe en el trabajo siempre lo humilla, y si su trabajo de por sí nunca es satisfactorio (trabaja en una maquila, donde el trabajo es mecanizado y nunca le es posible ser creativo), y si su hogar no puede ser el refugio que él necesita, esa válvula de escape hace que la presión dentro del hombre empieza a tener niveles de peligro.

Bueno, que este tipo está armando su modelito a escala en el silencioso patio atrás, cuando Amaro llega muy excitado: a gritos le cuenta a su ajustador de seguros que acaba de atropellar a un repartidor de pizzas. Cree que lo mató. Tiene miedo de que alguien haya tomado sus placas y, sí, señor, le estoy llamando desde mi celular... ¿Qué? ¿Que usted me devuelve la llamada? Sí, es el 899 125 87 63 (y mientras lo dice, sin pensar todavía en el qué va a hacer, Recendiz saca su pluma y, como no tiene otro lugar dónde anotar, anota el número telefónico en el reverso de una factura.

Pasan las horas. Horas de insomnio. ¿Se atreverá a usar esa información en contra de su vecino? En caso de que le llame, ¿tendrá su vecino identificador de llamadas? Esa noche por primera vez en mucho tiempo los Amaro se acuestan temprano. Recendiz cree que no empleará ese número, salvo que al siguiente día llega de su trabajo, y de nuevo el carro de sus vecinos obstruye la entrada de su garage. Recendiz se sigue de largo hasta un teléfono público. Marca el número de su vecino: "Yo te vi matar al repartidos de pizza. No te vas a escapar. Tus placas son XCA4325 y sé dónde vives".

Cuando regresa a su casa, el carro del vecino está bien guardado, ya no en la calle.

El siguiente fin de semana los Amaro hacen una reunión, mucho menos escandalosa que de costumbre. La idea es levantarle el ánimo al señor Amaro, que a pesar de o explosivo que es, en su interior es un hombre temeroso, de una seguridad inestable. Cuando empieza a correr el alcohol y los vecinos empiezan a ser los mismos de siempre, R. dice a su esposa que, como dicen en España, "va a por leche". Desde un teléfono vuelve a marcar. Pide hablar con el jefe de familia, tratando de llevar su voz a un registro más bajo, y decide arriesgarse con una noticia falsa: le dice a A. que los asesinos no quedarán impunes, que vea en el periódico de dos días antes: donde se habla de la muerte del repartidor de pizza.

Cuando regresa a su casa, los mariachis, milagrosamente, callaron. Parece que la familia A. finalmente está aprendiendo a vivir en paz, y él vive herméticamente cerrado en su mundo particular, hasta que una tarde su esposa le comenta que hay que ir al hospital: el sr. Amaro está internado: su estado de ánimo es tal, que no creen que pueda levantarse. Su estructura interna era sumamente frágil. R. se da cuenta de que, en efecto, A. parece haber decidido que va a dejarse morir.

En el hospital, Resendiz, que quería dar un escarmiento, pero no llegar a estos extremos, y que él mismo no puede con el remordimiento, trata de levantar el ánimo a A. Le dice que de seguro se trataba de algún bromista, que es claro que quien llama para amenazar es porque no piensa hacer, que todos en la colonia escucharon cuando A. llamó al ajustador de seguros, pero sus palabras no logran animar al enfermo. Cuando termina de hablar y su mirada se despega del enfermo, nota que el hijo de éste, Ramón, de veintitantos años, lo mira de una manera muy singular.

A. muere, pero no hay un duelo como uno esperaría en esa familia, no por parte de Ramón. Ramón empieza a molestar todavía más a R. en sus frecuentes borracheras, arroja las tapas de las botellas de Miller por encima de su barda a la casa de R., lo mismo que las colillas de cigarro, su música es más estridente que antes, su mirada de odio le dice que sabe que él fue el que causó la muerte de su padre.

¿Qué sigue entonces? Si esto fuera una novela de Highsmith, el pobre de Recéndez va a seguir sufriendo, hasta que el texto termine con su muerte. Se irá aniquilando a sí mismo en su remordimiento y el último que va a jalar el gatillo, casi misericordiosamaente, será Ramón. Reséndiz se lo buscó y debe pagar las consecuencias de sus malas decisiones.

Si esta es una novela común y corriente, R. se verá orillado a una situación extrema en que su esposa se vea en peligro real y él se vea motivado a actuar. Aprovechará que Ramón toma demasido y, con el pretexto de que va a sacar a pasear al perro, lo empieza a seguir en silencio y de lejos, primero sólo para identificar el antro que frecuenta. Después, aunque no quiere, mientras empieza a conocer perfectamente bien sus horarios, va manejando posibilidades. Puede ser que en su cobardía tal vez le cause un accidente o tal vez, mejor todavía, su esposa empieza a notar cambios en él: ya no le frustra lo ruidoso de su vecino, casi se alegra. Se opera un cambio en él cada vez que Ramón tiene fiesta: despierta una parte de su interior, una parte que siempre quiso desarrollar, y que apenas ahora va conociendo (Mencken decía, en el S. XIX, que toda novela es siempre la desintegración de la mente de un personaje). Se me ocurre ahora este otro final, espero que no les moleste, y si eres muy sensible, interrumpe aquí tu lectura. Oscar Pech es un hombre bueno, pero cuando pienso un argumento, sólo se me aparecen posibilidades, y es otro el que las ve. No te voy a aburrir con "La mitad siniestra", pero es sencillamente que una parte de mí es muy macabra y cuando te dan las cuatro de la madrugada sin dormir, sencillamente no te planteas para nada el problema del bien y del mal.

Una tarde R. pone música de Luis Miguel, las que eran las favoritas de la ex esposa de Ramón (Ah, no se imaginas cómo se pone este pobre cuate cuando escucha las canciones de su exesposa); R. lo orilla ir al antro más cercano. muy entrada la noche, R. saca a pasear al perro. No le importa que sean altísimas horas de la noche: Reynosa, como una Nueva York de la frontera, es una ciudad que nunca duerme.

El estacionamiento del antro no está suficientemente iluminado ni vigilado. R. logra desactivar la alarma, abre el cofre y, digamos, desconecta "el pulpo", para que el carro no arranque. Es algo sencillísimo, pero no para un borracho.

Ramón trata de llegar a su casa, a pie, apoyándose en las paredes, cuando alguien llega por atrás, pasa una correa con la que se amarra a un animal para sacarlo a pasear, y lo estrangula.

¿Y cómo termina la novela? La familia Amaro se dispersa. regresan a su Veracruz original. Rentan su casa. Los vecinos también son de Veracruz. Desde el primer fin de semana demuestran que también son muy ruidosos. La esposa de R. lo mira con preocupación, afligida. Él sonrie, sinceramente feliz: "No te preocupes", le dice él mientras acaricia distraídamente la correa del perro: "siempre es es una excelente solución, la mejor terapia, sacar a pasear al perro".

Mi imaginación es tal, que a veces me aburro cuando veo una película en la tele. De cualquier forma, ¿Qué piensas? ¿Cuál de los dos finales es el que prefieres? me interesa mucho conocer tu opinión. Existe un tercer final, que la literatura no se permitiría, por aburrido: R. desde un principio busca cambiarse de casa a un barrio más silencioso. Que tú sí tengas felices sueños:

OP
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