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lunes, 14 de diciembre de 2009

La educación de los hijos (la aburridora de nuevo)

A nosotros nos tocó ser padres ya muy tarde, después de nueve años de casados y de tres intervenciones quirúrgicas y muchísimos años de ginecólogos. Ser padres de hijos MUY esperados se dice fácil, pero quien lo ha sido sabe que no es así. Uno ha vivido una situación atípica y eso lo vuelve a uno sumamente atípico. Uno no está dentro de la normalidad del mundo, y no es como los padres comunes. Carece del término medio, y uno se vuelve o muy blando y permisivo, o sumamente exigente, demasiado consciente de lo que ha implicado no tener hijos en su momento. Demasiado consciente del tesoro (y la responsabilidad) que tiene uno en casa.

En nuestro caso en particular, siempre vivimos con el fantasma de "¿estará bien la manera en que estamos educando a los niños?", sin nunca sentir que estábamos pisando seguros.

Sobre todo porque Hyrum tiene un carácter demasiado fuerte. Cuando tenía tres años y todos los niños a esa edad hasta se pelean por hacer la oración, él decía "NO", y punto, y de allí no lo sacabas. Y yo a que sí, y él a que no,  en un tono cada vez más fuerte, hasta que en dos ocasiones perdí la paciencia, me saqué el cinto y, a su edad de tres años, le di unos cintarazos no tan fuertes, pero como para demostrar quién era el que mandaba en casa.  Y él, rasados los ojos de lágrimas, se erguía desafiante y me enfrentaba, como si me dijera "¡Qué! ¿Eso es todo lo que tienes?" Y yo me decía: "Debe haber un camino, esta no es la manera".

Hubo dos bendiciones en ese sentido en mi vida. La primera fue una cena en casa de la familia Verdeja. Le comentaba al buen doctor Marco Verdeja que sentía que tal vez no estaba educando bien a mis hijos, y él me dijo: "Lo primero es no vivir con esa angustia. Haga las cosas lo mejor que pueda, sea constante en hacer lo bueno y verá que a la larga todo sale bien. La disciplina no es cuestión de golpes, sino de simplemente poner límites y ser constante."

La otra fue con un buen amigo, José Rodrigo Borgel. Le comenté lo que pasaba con Hyrum, y él me dijo: "Lo primero es respetar el albedrío. Yo lo que hago con mis hijos es mostrarles lo que quiero de ellos, y luego los dejo elegir. Pero en ningún momento dejo de marcarles lo que espero de ellos, ni los obligo a que hagan algo".

Como saben bien, el primer domingo de mes, en la Iglesia, es cuando compartimos testimonios. Mi hijo Jared jamás ha querido pasar a compartir el suyo. No lo obligo. Pero le digo que eso es algo que me haría sumamente feliz, cada primer domingo de mes, y allí vamos.

Esa es la manera en que educamos a los niños. Cada vez me convenzo más de que la labor de uno como padre no es sólo "educar", sino trabajar con la naturaleza personal de nuestros hijos. Hyrum es, hoy por hoy, un jovencito excelente, brillante como pocos, pero intolerante al exceso, y trabajamos sobre todo con eso. Jared es noble y bueno por naturaleza, pero sumamente rencoroso, y nuestra labor es trabajar con eso. Determinamos cómo es la naturaleza de nuestros hijos, le sacamos punta a sus puntos fuertes, y tratamos de fortalecerlos para que ellos mismos venzan sus puntos débiles.

No puedo cantar victoria. Mis niños tienen apenas 12 y 10 años, pero al menos creo que puedo decir que vamos bien. No sé si estas ideas te puedan servir, pero creo que el mejor modelo para educar a un hombre de bien viene en las Escrituras. Mi versículo favorito es Moisés 6:13:

"
Set vivió ciento cinco años, y engendró a Enós, y profetizó todos sus días y enseñó a su hijo Enós conforme a las vías de Dios; por tanto, Enós también profetizó."

Así veo yo las cosas: Set enseñó por el precepto y por el ejemplo, y su hijo llegó a ser como él. Es como leemos en el libro de Enós: uno como padre enseña y enseña, con la fe de que de repente "las palabras que frecuentemente había oído a mi padre hablar en cuanto a la vida eterna y el gozo de los santos, penetraron mi corazón profundamente". Uno debe hablar siempre que pueda del evangelio. Cada comida es una pequeña noche de hogar. Comemos juntos, y reímos, y aprendemos, y nos divertimos. Y a veces le digo a Sab "estás sermoneando"(relee lo que dijo Enós. ¿De qué le hablaba su papá?): El profeta no sermoneaba a su hijo, le hablaba de lo feliz que podía ser si vivía haciendo el bien, en esta vida y en la siguiente. Por lo que leo, su padre no empleaba sermones condenatorios, sino le hablaba de cómo ser feliz.

Otro ejemplo es Alma 36:17: Mientras Alma hijo era atormentado de remordimiento por el recuerdo de sus muchos pecados, "también me acordé de haber oído a mi padre profetizar concerniente a la venida de un Jesucristo, un Hijo de Dios, para expiar por los pecados del mundo". Una vez más, esa es la labor de uno como padre: enseñar el camino, trabajar con la naturaleza de los hijos, con constancia y amor.

Con los hijos y con cualquier persona se logra mucho más, creo, con risas, que con palos. Creo: todavía mis hijos no entran a la adolescencia. Al final de cuentas, educar a los hijos se parece mucho a jugar un ajedrez nunca fácil, pero siempre interesante, contra un contrincante (el medio ambiente, las circunstancias) que cambia continuamente, porque no sólo el adversario cambia, sino tus mismos hijos cambian. Ojalá estas ideas te sirvan de alguna manera. Un abrazo:



Óscar Pech
 
"In the faces of men and women I see God"
Walt Whitman, from Leaves of Grass
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