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martes, 6 de abril de 2010

"El grito", de Edvard Munch




¿Un autor es su vida? La respuesta, creo, es no. Ni la vida de Stephen King es terrorífica, ni la vida de Oscar Wilde era como sus cuentos. La obra de un artista es sólo una parcela de su interior, me parece. Por lo mismo de manera deliberada omitiré la vida del autor. Bastará decir que es un pintor noruego que nació en 1863 y murió en 1944, a fines de la Segunda Guerra. De nuevo, el dato no tiene qué ver con su obra. Morir sin saber cuándo iba a terminar, o quién iba a ganar la Segunda Guerra no afectó su obra, ya que su principal cuadro El grito, fue elaborado en 1893, sin referentes históricos, aunque siempre se ha considerado algo así como un ícono de la angustia existencial.

Hay pintores que tienen fijaciones. Munch pintó varias veces el mismo cuadro, porque no alcanzaba a expresar la angustia que él sentía. Veo las tres versiones y bueno, no percibo diferencias significativas entre uno y otro. De hecho, prefiero la litografía en blanco y negro que él hizo, y que es la que adjunto aquí. Las contraposiciones son más evidentes y se presta mejor, creo, para un análisis de la obra.

Todas las versiones del cuadro muestran una figura andrógina (esto es, de sexo indefinido) en primer plano, que desde siempre fue la intención del autor que simbolizara al hombre moderno en un momento de profunda angustia y desesperación existencial. La figura principal se encuentra en un sendero con vallas que se pierde de vista fuera de la escena. Dichas vallas tienen tres líneas verticales, que marcan el aislamiento del personaje. La idea está subrayada por los contrastes, ya que esta es una obra de contraposiciones: contrasta lo cargado de las líneas del paisaje y el sendero, con la escasez de líneas en el rostro, el lago y el cielo. Contrasta lo apacible del lago y del cielo, con la expresión de desesperación de la figura central. De alguna manera, con ello el autor marca cómo el universo es frío o indiferente ante el sufrimiento humano.

De la misma manera en el fondo, casi fuera de escena, se notan dos figuras con sombrero que no se pueden distinguir. Son dos figuras casi absolutamente negras, y contrastan con el rostro del personaje no sólo por el color, sino por la indiferencia que tienen ante la desesperación del mismo. Ese contraste sugiere una incapacidad de comunicación en el ser humano, por más que el sendero parezca conducir hacia ellos, el personaje está orientado hacia la dirección opuesta a ellos, y ellos no hacen nada para acercarse a él. El autor marca de esa manera esa indiferencia de la sociedad hacia el dolor del individuo, cuyos ojos desorbitados y ausencia de cabello muy bien pueden semejar un cráneo, acaso el temor a la muerte. Por cierto, la misma idea de la indiferencia parece estar sugerida por los botes en el lago (no es la soledad del navegante: representan la sociedad, en tanto que son dos), y que navegan en medio de lo apacible, demasiado lejanos para enterarse de lo que acontece en el individuo.

A lo lejos se ve una ciudad, pero la misma, que podría representar la sociedad, se fusiona en sus líneas con el indiferente y atiborrado paisaje.

El autor parecería estar obsesionado por esta idea, y de tal manera la plasma, que el cuadro llega a ser comparado con la Mona Lisa, por ejemplo. Es decir, que tiene la fuerza para comunicar un significado específico a casi todo espectador, aunque éste no sepa nada de arte. De allí que, sin ser comprendida a veces por completo, dicha obra de arte llegue a las masas en forma de bolsas, pantuflas, blusas o faldas, e incluso se vendan muñecas con la figura del personaje del cuadro y que se llaman, precisamente así: "El grito". Nombre muy raro para una muñeca. Una manera muy rara en que la sociedad vanaliza su propia soledad existencial, sin entenderla por completo, como no entiende lo que quiso decir Munch. Acaso por ello no extraña que se haya vuelto tan parte de la cultura pop, que encontremos copias de la pintura con la figura de Homero Simpson, que es con lo que cierro esta entrada. 


 
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