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viernes, 22 de octubre de 2010

Un año más.

El pasado 20 de octubre cumplí 47 años. Siempre es asombroso cómo pasa el tiempo cuando uno se divierte. Y este cumpleaños fue francamente así: asombroso. Recibí 187 correos de personas que me felicitaron. Nunca me había pasado algo así en toda mi vida y claro que no, no he abierto todos; de hecho creo que me llevará meses abrirlos todos. Algunos son un simple "felicidades", y otros son mucho más. Hay quien --a capa abierta-- me dice que sabe que estamos pasando por tiempo económicamente un poco difíciles, y que me desea que pronto salgamos de este bache, y uno agradece esa buena voluntad de tanta gente buena. Otros, que ignoran en lo que ando ahora, y ese es en buena medida el punto de este correo, me agradecen todo lo que les enseñé. Es curioso este dato: ni un solo exalumno de la Academia me felicitó: todos los que me felicitaron o son ustedes, mis amigos, o fueron mis alumnos hace más de 15 años en Benemérito. Y hubo mensajes muy interesantes, cosas como "ahora yo mismo soy maestro, y a mis alumnos les platico mucho de usted, de cómo me enseñó a leer cuando yo ya estaba en tercero de prepa". Y todo eso me deja pensando. Como dije en su momento, la vida a veces nos da lecciones de humildad aplastantes, y yo, que ya llevo meses de verme a mí mismo como el más ordinario de los mortales, me quedé asombrado de ver cuánta gente agradece porque sienten que algo bueno dejé en sus vidas. Simplemente asombroso porque, vaya, no he hecho gran cosa en mi vida, sino sólo tratar de servir y de hacer el bien, de ayudar y ya. Y entonces viene la otra parte:

Yo creo que en todo hay un sentido. Yo creo que estoy en donde estoy por alguna razón. Y desde donde estoy trato de ayudar a mis pacientes. A veces, por ejemplo, una anciana se ríe al darme sus datos, y su risa es cristalina y fresca. Y yo me digo: Ella sabe reír, y lo hace bien. Vamos a ayudarle un poco, y en la entrevista le ayudo a reír, y su felicidad se propaga. Pero ayer, por ejemplo, hablaba con un hombre que sufre mucho, y traté de darle un poco de ánimo, pero no: me dio el cerrón muy cortante: ese pobre hombre en algún momento de su vida permitió que se abriera una fisura en su corazón, y que éste se anegara con lo amargo de sus circunstancias. Ahora hay demasiada amargura en él, y eso es lo peor de su accidente: que como una especie de rey Midas quiere que todo lo que toque se vuelva amargo. Pero ya me salí del tema: decía que ahora viene la otra parte:

Ayer un poquito me di cuenta (uno nunca es consciente por completo de lo que hace, sea bueno o sea malo) de cuánto bien he hecho como maestro, no pude dejar de pensar en lo que dice en Marcos 11: 24: " Por tanto, os digo que todo lo que pidáis en aoración
 
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que lo recibiréis, y os vendrá". E hice lo que creo que nunca había hecho en mi vida: pedir una segunda oportunidad. Porque vaya, no creo en las segundas oportunidades. No para mí, en todo caso, y me arrodillé, y oré al Padre para que me de eso: una segunda oportunidad de volver a enseñar, de ayudar a la juventud, de ampliar sus perspectivas. Como dijo Rob hace días: es glorioso cuando en una clase de repente uno ve brillar la luz en los ojos de los estudiantes, porque acaban de ver algo que antes no veían.

En fin, que este soy yo, a mis 47 años, en un buen bache, y feliz, porque tengo esperanza. Es decir:
Todos nosotros hemos escuchado esa historia donde cinco ciegos quieren conocer al elefante, hasta que alguien los lleva. Uno a uno van hacia donde está el elefante, lo conocen al tacto, como hacen los ciegos, y luego de un rato les preguntan cómo es el elefante. Uno dice que es como un abanico, otro dice que es como una espada fría y curva, otro lo describe como una cuerda que termina con pelos, otro como una pared comba y rugosa, y ninguno puede conocer en realidad el elefante. Nosotros vemos el tiempo exactamente como el ciego ve el espacio: poco a poco, palmo a palmo. El ciego ve con sus manos y avanza en el espacio lentamente. Yo avanzo en el tiempo y no sé qué me deparará el año o la década siguiente. Nosotros creemos conocer al elefante porque lo podemos ver de un vistazo. Vemos el espacio como Dios ve al tiempo: vemos el fin desde el principio.

Por eso los rompecabezas tienen con una ilustración en la caja:  para que sepamos qué es lo que sigue: qué pieza podría ir en qué lugar: tener una visión global nos permite que el bosque no nos ciegue ante el árbol, o que los árboles no nos dejen ver el bosque: sabemos qué pieza va en qué parte.

Esa es una de las cosas que más me impresionan del sueño de Lehi: Lehi se pierde en un desierto oscuro y lúgubre, más o menos como ese en donde deambulamos tú y yo: sin encontrar salidas, sin ver una luz. Y ora, y entonces te pregunto: ¿qué vio? ¿la barra de hierro, el edificio grande y espacioso, el vapor de tinieblas, el río de aguas turbias? No: si hubiera visto eso me imagino que se hubiera quedado donde estaba. Lo primero que vio en esa visión fue el árbol de la vida, y tener ese don, de ver el fin desde el principio (una vez más: es un inmenso don el poder conocer el fin desde el principio y, si fuere necesario, lo repetiría por tercera ocasión), le dio la fuerza para avanzar y salir de ese desierto oscuro y lúgubre.

Yo no sé qué sigue en mi vida, pero sé que a la larga saldré de esta. Lo sé. Leo mi bendición patriarcal, y lo sé, y ese conocimiento me hace saber qué es el elefante, qué imagen forma mi rompecabezas personal. Leer las Escrituras cada día me ayuda a ubicarme, para saber cuándo ver al bosque, y cuándo ver al árbol, y saber que esto también pasará, como tus propias pruebas y desafíos. Sólo ten fe, ven a Cristo, y todos tus desafíos también pasarán.

No sé si Dios me dará una segunda oportunidad, pero sí sé que siento paz, y aunque mi futuro se ve más negro que el alma de tu vecino de enfrente, también sé que en su momento será brillante, como el tuyo también lo será, porque el agua del río, por turbia que esté, si la dejas reposar, por sí sola encuentra su remanso, su paz, y las cosas se asientan solas, y el agua encuentra su propio curso y vuelve a ser cristalina.

Que tu agua sea siempre fresca y cristalina y, si no lo es en este momento, que puedas tener la certeza de que en su momento lo será:


Óscar Pech Lara
 
"In the faces of men and women I see God"
Walt Whitman, from Leaves of Grass

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