Google+ Followers

miércoles, 23 de marzo de 2011

caldo de buitre para el alma (el dolor. Todo el dolor).

Hoy atendí a una paciente muy singular. La historia es anodina: una mujer mayor en el trabajo va a hacer café. El lugar donde está la cafetera está muy sucio. Hay café por todas partes. Va al closet donde tienen una aspiradora chiquita ad hoc, y ve que hay muchas cajas vacías tiradas por todas partes. Levanta las cajas y, al hacerlo, de repente, ya no pudo enderezarse. Siguen cinco años de dolor, varias operaciones, dos vértebras de plástico y dolor, dolor constante en toda su espalda. El accidente más sin chiste de la historia, ¿no?: sin golpes, sin caídas, sin impactos: sólo una mujer que recoge cajas vacías que no pesan un kilo.

Ahora, tú crees que conoces el dolor. Yo creía que conocía el dolor. En los últimos 8 meses he venido a identificar el dolor incluso en la voz. No sólo el dolor físico, sino la tristeza, la desolación que queda cuando se retira la ola del tsunami personal. La manera en que el dolor transforma el cauce por donde corría tu vida.

Soy ese tipo de persona que en todo lo que ve, en todo lo que le rodea trata de encontrar un orden, un modelo, una enseñanza. Y aquí me resisto a aceptarlo, pero parecería que la lección casi siempre es: sé mediocre. El mejor trabajador es el más dañado, o, como dijeron los Beatles, en Ey, Jude, no cargues el mundo sobre tus hombros. Casi siempre quien carga el mundo es el que termina dañado.

La historia de esta anciana no da para mucho, me parece: hay historias de mis pacientes que dan para una película: el guardia que fue herido cuando fue asaltado el banco, o el que defendió a los pacientes de un hospital cuando llega un loco a atacar con un cuchillo de Rambo, y luego el guardia sale dañado y aparte la compañía lo demanda. Hay historias que se quedan contigo: esta no, por cierto. Pero entonces viene la gran lección de vida: Cuando ya me despedía de esta anciana, me dice: "me da mucho gusto volverlo a escuchar, Óscar". Fue como un balde de agua fría. Mientras le escuchaba y hacía las últimas preguntas (tienes que escribir muy rápido: tienes que escribir a la velocidad con que habla una persona), busqué en mis archivos, y sí: ya había hecho su expediente para otro doctor, hace cuatro meses. ¡Me dio tanta pena! Yo no sé con cuánta gente hable ella, pero recordar una voz y un nombre después de 4 meses...  me sentí insignificante yo, por haber considerado insignificante esa historia.

Vuelvo a la idea de la anagnórisis. Como le decía a Juan Cedeño en la semana: anagnórisis: en una historia, el momento en que un personaje re-conoce a alguien. Por ejemplo, Luke, que creía que Darth era su enemigo, y descubre que es su padre. Lo re-conoce: descubre que él no es quien creía que era: caperucita re-conoce al lobo. Si lo notas bien, la anagnórisis es casi siempre lo que da el punto culminante a una obra: el momento de más dolor, de más suspenso, el golpe emocional.

Y la gran lección de vida es esta: nunca sabes con quién hablas. Nunca sabes cuándo unas palabras de ánimo van a ser recordadas por alguien, 4 meses después. Decía Lao-tsé que quien arroja una piedra a un estanque de agua sabe en dónde se originan las ondas, pero no en dónde terminan.

Yo me imagino que si yo sugiero la otra lección puedo alterar tu percepción de esta historia. ¿Qué lección escoges de esta historia? Mis mejores deseos para ti, siempre:


Óscar Pech Lara
"In the faces of men and women I see God"
Walt Whitman, from Leaves of Grass
Publicar un comentario