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miércoles, 6 de abril de 2011

Un problema de comunicación

Hace días vino Menry a visitarnos. Tenía tanto de no hablar con alguien en persona, que hablamos con entusiasmo de mil cosas, brincamos de Borges a Dante (como ejemplo de un poeta extraordinario), a Lugones (como ejemplo de uno pésimo), a Shakespeare, a la mitología griega y la religión cristiana, y todo ello en torno a una sola obra de Sor Juana, la de El Divino Narciso. Una tarde como tenía mucho de no tener. Y cuando ya se fue Menry me quedé pensando en el mito de Eco, en la versión que nos da Ovidio en Las metamorfosis: todos, hombres y mujeres se enamoraban de Narciso a causa de su hermosura pero él vivía en su mundo, insensible al amor. Entre los enamoradas está Eco, quien había sido condenada a repetir las últimas palabras de aquello que se le dijera. Eco fue, por tanto, incapaz de hablarle a Narciso de su amor, pero un día, cuando él estaba caminando por el bosque, acabó apartándose de sus compañeros. Cuando él preguntó «¿Hay alguien aquí?», Eco contenta respondió: «Aquí, aquí». Incapaz de verla oculta entre los árboles, Narciso le gritó: «¡Ven!». Después de responder: «Ven, ven», Eco salió de entre los árboles con los brazos abiertos. Narciso cruelmente se negó a aceptar su amor, por lo que la ninfa, desolada, se ocultó en una cueva y allí se consumió de amor. Dejó de comer, de beber, de dormir, hasta que sólo quedó piel, huesos y su voz y, después, ya nada más su voz. Avergonzada de su estado se refugió en las montañas, donde todos alguna vez la hemos escuchado.

Admiro a un escultor ruso, Erté, por su capacidad de expresarse en metal. Por saber hacer del metal un lenguaje delicado y sutil, y no puedo dejar de pensar en Eco. No están ustedes para saberlo, pero esta noche no he dormido para nada, pensando sólo en Eco. En su incapacidad de comunicarse. Y, con mucha vergüenza, si no les molesta, voy a hablar de mí.

Fui criado bajo una idea muy clara: "cualquier cosa que digas no es interesante", o uno casi idéntico: "todas tus ideas, sueños y pensamientos son aburridos". Y aprendí a no hablar de mí, a nunca expresar mis sentimientos. Yo imagino que en buena medida soy tan buen maestro, leí tanto, sólo por ello, por tratar de justificar que lo que yo diga sea interesante. Y acaso el mejor aprendizaje de mi vida ha sido ese: el aprender, ya siendo adulto, a decir lo que siento: a hablar de mis sentimientos y de mis dolores. Pero esto no siempre fue así:

Cuando estaba en primero de secundaria tuve que aprender a vivir de nuevo: murió mi padre, dejaba la provincia y me iba al DF, una escuela enorme (Benemérito) a estudiar la secundaria, nuevos amigos... doloroso como nacer, me imagino. Yo no me acordaba de esto sino hasta hace como una semana, que al escribir un correo particular todo eso me vino de nuevo a la memoria, como una avalancha. Todos los lunes íbamos a honores a la bandera y allí me volví eco. Yo no sé si eso les pasa a todos, pero vaya, en algún momento descubrí entre la multitud a Alguien (así, con mayúscula) una compañera que era en esos años la mujer más hermosa del mundo. En cierto sentido fui afortunado: no todos llegan a estar conscientes de dónde queda exactamente el eje de la tierra: La persona en torno a la cual gira todo el universo, y durante toda la secundaria busqué estar tan cerca de ella como pudiera, pero sin nunca atreverme a hablarle. Nunca he estado a menos de metro y medio de ella. La veía de perfil y, casi siempre, de espaldas. De nuevo, yo no sé si esto le pasa a todo mundo, o el único loco aquí soy yo, pero como lo que único que se veía de ella era su cabello, sus omóplatos y, muy esporádicamente, su sonrisa, me enamoré de sus omóplatos . No: nunca he visto unos omóplatos más hermosos. Y me maldecía a mí mismo durante toda la semana, prometiéndome que ahora sí me iba a acerca, que iba a extender la mano y hacer pat pat en su hombro y luego presentarme y aunque sea conocer su voz, pero al llegar el lunes me volvía estatua de sal cuanto trataba de extender mi brazo, tocar su hombro, y presentarme con ella. Yo no sé si a todos en algún momento de la vida le ha tocado ser Eco, pero lo cierto es que sólo quien ha sido eco sabe de lo doloroso que es eso. Y me quedé así, convencido de que ella jamás sabría de cuán intensos, sinceros, profundos eran mis sentimientos por ella. Pero luego vino la prepa, y luego la universidad, y esa incapacidad de decir "te amo", o simplemente "te quiero" se vuelve algo simplemente enloquecedor. Aprendí a decirlo con detalles, con poemas, pero decirlo con palabras era tan difícil como cualquiera de las tareas de Heracles.

Recuerdo que en una ocasión había una chica, cuyo nombre me llevaré a la tumba. Sé que ella me quería, y que yo la quería a ella. La invité a salir y, mientras caminábamos por el parque, yo trataba de decir algo, y nada, mi garganta era un tubo de arena seca que no pudo decir nada (escribo esto, y todavía me sudan las manos: vuelvo a ser el que fui). Tal vez lo más doloroso es cuando, después de mucho rato, cuando la charla se volvía una hoguera que se extingue, ella me dice: "Óscar, ¿no tienes nada qué decirme?" Y, después de una lucha de veras muy intensa, con mucho esfuerzo dije: "no". Y nunca más accedió a verme, y como una especie de mezquina y sórdida venganza se volvió la novia de uno de mis mejores amigos.

Y esa es una de las cosas que no me deja dormir en esta noche. El pensar que si yo hubiera tenido el valor de acercarme, de decir lo que sea allá en primero de secundaria, o en la prepa, o cuando fuera, mi vida entera habría sido diferente. Que bueno, aquí entre nos, no me quejo. Sinceramente, si me dijeran hoy que podría cambiar mi vida por la de quien quieran, daría mi mejor sonrisa y diría no, gracias, no hay nada en esta tierra como ser OP.

Pero el punto es que ahora trato de enseñar a mis hijos a hablar de sus sentimientos. A decirnos a cada rato que nos amamos, a pedirles a ellos a cada rato un abrazo cuando lo necesito, y enseñarles a no resistir un abrazo cuando ellos lo necesitan. Pienso que, felizmente, uno aprende a expresarse de diferentes maneras: en el simple hecho de hacer un pay en el horno, de lavar o planchar la ropa, de lavar el baño, de dar la vida por la familia en el trabajo diario, uno puede decir cuánto ama a su familia. Es una manera de comunicarse, creo. Pero siempre es mejor cuando uno lo hace acompañado de palabras. Como sociedad, creo que cada vez menos tenemos la habilidad para comunicarnos, y eso me preocupa. Pero en fin, ese es otro tema. Por lo pronto tengo un corto circuito en mi mente, que no me dejó dormir en toda la noche:

Óscar Pech Lara
 
"In the faces of men and women I see God"
Walt Whitman, from Leaves of Grass


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