Google+ Followers

miércoles, 6 de abril de 2011

Y yo pienso en sus ojos, todavía

Quien conoció a Buenaventura siempre afirmó que se trataba de un hombre cabal. No solía hablar de su vida, por lo que muy pocos supieron que la paz de su hogar estaba asentada sobre un cimiento de sólida tristeza. Sólo una persona pudo prever su muerte pero, como se verá más adelante, esa persona no quiso impedirlo.

Para hacer carbón, Buenaventura solía salir del pueblo de Calkiní y adentrarse en la selva. La última vez que cenó en mi casa, llorando, me contó que un día, perdido en sus pensamientos, se alejó demasiado del pueblo. Había terminado su labor cuando la luna apenas se asomaba entre las copas de los árboles. Ventura se arrodilló para echar sobre su espalda el fardo de carbón y al levantarse escuchó un sonido leve como el aleteo de un faisán. Con sus ojos grandes lo contemplaba un venado joven. Cargó el atado en silencio, esperando que el animal corriera, pero no se movió: parecía mirarlo con curiosidad y lo siguió, como escoltándolo, a lo largo del camino. Buenaventura deseaba llegar al pueblo para contarle a su esposa e hijas de ese curioso animal, pero nunca pudo hacerlo. Sólo cuando llegó a Calkiní se dio cuenta de cuán prolongada había sido su ausencia: una epidemia de viruela se le había adelantado y en sólo un mes Ventura enterró a su esposa y a sus dos hijas. Por decirlo así, había enterrado toda su vida a los 25 años de edad. Dolor, soledad, vacío. Los espacios donde habitaron nuestros seres queridos se vuelven dolorosos. Es cierto que con el paso del tiempo, la añoranza hace dulces incluso los recuerdos más terribles, pero mientras la herida está viva, la soledad sólo causa un rencoroso dolor. Ventura era amigo de Sebastián Cauich, el brujo del pueblo, quien supo medir y entender el tamaño de su dolor y, tratando de alejar su vista de los recuerdos, le aconsejó irse a vivir hacia el sur, a la Ciudad de Campeche. El desafío de irse a vivir a una ciudad, y hablar un idioma nuevo (el español) lo distrajeron de su dolor personal. Dolor que nunca logró apagar la luz de las estrellas en su mirada.

Pasó mucho tiempo desde que Buenaventura llegó aquí al barrio de San Román, antes de que me diera cuenta que él existía. Bajito y apacible como era, sabía pasar completamente desapercibido. Hacía mucho que había enviudado y, aunque sentía el deseo de iniciar otra vez una familia, el que su suegra lo hubiera seguido desde Calkiní, y pareciera vigilar sus pasos de continuo, le hizo desechar la idea varias veces. El barrio de San Román, aquí en la ciudad de Campeche, era un barrio de medio pelo, que se poblaba con gente de fuera de la ciudad, como nosotros, los Moguel, que habíamos comprado una quinta y vivíamos de cultivar el campo. Desde entonces yo ya era la maestra de la escuela primaria. Cuando logró reunir todo el valor que poseía, vino a proponerme matrimonio con su voz tímida que quería ser apacible. Sonreí para mí al pensar en que los griegos tenían razón: nada turba la paz como la esperanza.

–—Yo no soy mujer para ti, Ventura –—le dije–—. Las certezas del matrimonio no fueron hechas para alguien como yo. Tú buscas paz, Ventura. Yo busco conocimiento. Pero allí está mi hermana Antonia. Ella es joven y te puede dar los hijos que tú necesitas para tu felicidad.

Hice los arreglos para que desde ese día ya no fuera mi hermano Adolfito a comprar carbón, sino mi hermana Antonia, con su cara alargada y bella, de ojos grandes y tristes, que cuando sonreían sabían brillar como estrellas. Muchas veces regresaba a casa enfurecida, porque Ventura le daba las piezas de carbón “más torcidas que sus pies”, y a mí me daba alegría, porque algo en mi interior me decía que Buenaventura jamás lograría ganarse la simpatía de mi hermana. Y Antonia regresaba enojada, sin saber que el pobre de Ventura sufría al poner el carbón en sus manos tan blancas, tan finas y alargadas que parecían haber sido hechas para solamente tocar el piano.

Hasta que un día en la comida el azul de los ojos de papá adquirió una tonalidad rabiosa, al anunciarnos que Buenaventura había ido a pedir la mano de Antonia. Y ninguno de nosotros lo podía creer, menos porque Buenaventura era al menos 15 años mayor que ella, que porque los Moguel, aunque de medio pelo, siempre habían estado muy orgullosos de su origen francés. Mi papá nunca dejó de ver menos a Buenaventura. En vez de llamarle por su nombre, siempre le dijo “el indio”. Un indio que, con ayuda de su pretendida, aprendía a hablar correctamente el español, a leer y a escribir. La madre de su primera esposa tampoco le perdonó que se volviera a casar: Una vez que se supo de sus segundas nupcias, aprovechó la primera vez que se internó en la selva para hacer carbón (sí, también esto me lo contó esa última vez que cenó en la casa), al apoyarse en una ceiba altísima escuchó el gemir de un venado temazate; un mazama pandora que trataba de liberar a su pareja, enredada en una trampa. Buenaventura entendió: miró hacia la luna, agradeció a la diosa Ixtab, liberó al venado hembra, olvidó el carbón y corrió hacia su casa. Ardía en llamas. La madre de su difunta esposa le había prendido fuego a la casa, al maizal y a la troje.

Pobre de Ventura. Ahora reconozco que tenía el corazón transparente de un rey maya, lleno de miel y bondad, así como la entereza de un guerrero, que toma toda caída como una oportunidad para tomar nuevo impulso. Su espíritu era tan grande que siempre pudo volar, por más peso que la vida le pusiera encima.

Decidieron casarse en nuestra casa. Bajo esa ceiba inmensa que estaba en el centro del solar, tan alta que parecía alcanzar el cielo, ella con su terno, él con su filipina blanca, bailaron un vals que fue símbolo de una felicidad continua: un enamoramiento, a la sombra de esa ceiba, ligeros y luminosos, como si el baile les llevara hacia las estrellas, hasta que la muerte los separara. Él y Antonia parecían haber sido hechos el uno para el otro. La manera en que se trataban, en que se cuidaban: eran dos seres hechos para prodigar felicidad, y cuando se dieron cuenta ya tenían siete hijos, y se seguían procurando como recién casados. Detallar tragedias siempre es interesante; quien escribe puede entrar en detalles que necesariamente abarcan muchas páginas; pero para describir la felicidad basta un solo párrafo: Desde finales de 1896, ella le enseñaba a leer y escribir; empezaron a llegar los hijos; leían la Biblia todas las noches; mi hermana resultó la mejor cocinera de la familia: sus manos blancas y alargadas tenían la sazón perfecta, y sabían como por instinto en qué momento virar la tortilla en el comal. Los dos siempre daban tanto servicio a sus vecinos, que daban la impresión de descuidar a sus hijos, Ventura sin cansarse de contemplar los ojos de ella, y así pasaron veinte años de un matrimonio de sagrada paz, donde el cura Manuel Olivares fue uno de los mejores amigos de la familia.

Sí... Ahora que lo miro, ella era lo mejor de los Moguel. Y pudo haber vivido más, si sus hijos hubieran velado por ella. A mi hermana Antonia le dio cáncer, y murió pobre, en las tristes lluvias de ese agosto de 1916, abandonada de sus hijos y vecinos, por quienes había hecho tanto. Yo tenía el dinero como para ayudarle a que fuera a una clínica. Seguramente allí tenían la ciencia para curarla, pero quería ver si sus hijos hacían algo por ella. Salvo Ventura, nadie hizo nada. Cuando podemos serlo impunemente, somos crueles: con la persona enamorada de nosotros, con nuestros padres y con nuestros hermanos. Ella pidió pasar sus últimos días en la casa paterna y allí, mirando por la ventana la ceiba bajo la que se habían casado, murió, tomando de la mano a su esposo. Cuando murió mi hermana, el pobre Ventura quedó deshecho.

Ahora sí parecía en verdad derrotado. Sus hijos vinieron sólo a decirle que se iba cada quién por su rumbo y que nunca más volverían a Campeche. Tal vez eso fue lo que lo mató. Es cierto, había enterrado a sus hijas antes, pero es mucho más dolorosa una despedida así, donde tus hijos se vuelven extraños, se avergüenzan de ti por tu raza y te dan, en vida, el adiós último, pesado como una lápida imposible de levantar.

Buenaventura tuvo la confianza de decirme lo que iba a hacer. Sólo conmigo tuvo la franqueza, pero yo no podía perdonarlo. No podía disculparle que hubiera querido tanto a mi hermana; que no me hubiera insistido a mí; No podía absolverle el que yo siguiera soltera, con mi cara redonda y fofa, como la luna. No que yo lo quisiera, pero era un hombre con un corazón transparente; el tipo de hombre que habría hecho feliz a casi cualquier mujer. Y, por lo mismo, no hice nada para salvarlo.

¿Cómo reacciona un hombre que lo pierde todo; que con sus limitadas fuerzas junta lo que puede para rehacer su vida, sólo para después volver a perderlo? Si alguna vez se ha visto a alguien hecho una lástima, ese era Ventura, pero ni así traté de detenerlo.

Supe que había ido a Calkiní para hablar con Sebastián Cauich, y yo me preguntaba cómo es que nadie de todos los que él y su esposa habían ayudado por años se daban cuenta o hacían algo por impedir lo que pasaba por la mente de Buenaventura. Dolía que la gente no entendiera que ese pobre hombre buscaba en su propia muerte el sentido de su existencia.

Si Buenaventura hubiera tenido los recursos habría encargado una piedra fina de esmeralda, pero como no era sino un carbonero, Cauich sólo le consiguió casi cualquier piedra que simbolizara su corazón, o la esencia que los mayas creen que habita en el corazón del hombre: Su espíritu, pues. El cuerpo del difunto puede echarse a perder, pero el corazón sobrevive a la destrucción del cuerpo. Por eso es importante para ellos poner una piedra dentro de la boca de quien muere. Era una su modo de reunirse con su amada en el más allá. Sin esa piedra en la boca, cuando su corazón dejara de latir, su existencia se disolvería en la nada. Cuando uno se interesa por ver lo que creen los indígenas de la región, nota que todavía algunos creen que al morir uno va a Xibalbá, “el lugar de los desvanecidos”, o al paraíso de la ceiba, y para ello influye tanto la forma en que uno vive, como la forma en que uno muere. E incluso la forma en que uno muere determina el tipo de entierro que uno tiene.

–—¿Estás buscando la muerte, Ventura? –—le pregunté esa última noche en que su estado lastimero me hizo invitarlo a cenar. Me narró llorando las historias que conté arriba y dijo, mientras sus ojos afirmaban con certeza:
–—En Xibalbá ignoran lo que en su ausencia se hace, porque ya están en el recogimiento, en el encerramiento que nuestro Señor los puso, ya son idos a reposar a la casa, donde todos hemos de ir, pues, que sin luz y sin ventanas. Pero al paraíso de la ceiba también los que se ahorcan van, los que con la cuerda a la diosa Ixtab llaman.

–—¿Y tienes miedo, Ventura? ¿Temes la muerte?

La luz de su mirada me dejó ver que para él la muerte era la gran liberadora. Cuando habló de los venados mencionó que estábamos en el mes que los mayas llamaban Zip (venado). Entendí que buscaba una muerte ceremonial; que buscaba el suicidio no como una puerta falsa, sino como una salida digna de acuerdo al pensamiento maya; una manera de reunirse con Antonia. Sé que en esta región mis palabras representan la voz de la ciencia, y aunque no quería, porque no creía, fui y hablé con el cura Manuel Olivares. Hay gente que es recordada por un rasgo u otro.

Recordar a alguien por su aspecto físico, es recordarle por su aspecto más pobre, el más cambiante. De todos los curas que hubo en el barrio de San Román, a Manuel Olivares se le recuerda por su candor, su paz, la lentitud de sus movimientos; su carencia de ideas. Venía de lejos y despreciaba las creencias aborígenes. Tuve que explicarle con mucha calma que el nombre de la diosa maya Ixtab quiere decir “la de la cuerda”; que era la diosa lunar relacionada con la cacería; que los mayas cazan los venados con cuerdas y trampas; que esa diosa era la diosa de la cacería del venado, que el venado se relacionaba con la luna; que una de las festividades más importantes para el pueblo se celebraba el séptimo día del mes Zip (27 de setiembre), cuando se flechaba un venado, se ungían con su sangre, para finalmente ofrecer el corazón del animal de madrugada, justo antes del amanecer, por lo que esa misma noche Buenaventura pensaría quitarse la vida.

Sin que terminara de creerme me siguió con pasos lentos. Con él, hasta las misas iniciaban tarde. Y no lo juzgo porque no me creyera: él sabía que yo tampoco creía en él. Para cuando llegamos a la casa de Ventura (nunca había tenido una prisa más lenta) vimos, para vergüenza mía, que el menaje de la casa estaba en perfecto orden y que él se había ido a la selva a hacer carbón. Tuve que disculparme con el cura Olivares. Pensé: el trabajo suele ser el mejor bálsamo para la mente o el corazón, y traté de olvidar el asunto. Pero después de varios días me empecé a preocupar cuando vi que Buenaventura tardaba mucho en regresar. Cada día me desviaba de mi camino para pasar por su casa, y veía con cada vez más desazón que él no regresaba.

Fue como a la semana que vimos los zopilotes volar en círculos sobre el solar de nuestra casa, y descubrimos al cuerpo de Buenaventura, pequeñito y anciano como era, colgado de la ceiba bajo la que se había casado.

Muchas veces he pensado en eso. Trato de imaginármelo antes de subirse al árbol, bailando un vals él solito, danza que poco a poco va evolucionando hasta convertirse en una danza o ritual prehispánico, y quiero pensar que no pasó eso, que las cosas no fueron así, y trato de ver las cosas como las vio él: como una muerte sagrada, que le permitiría estar de nuevo con su amada, en el Paraíso de la ceiba, bajo la protección de la diosa Ixtab.

Han pasado de veras que muchos años desde entonces. De mi familia ya sólo quedamos Fito, yo, y un inmenso remordimiento que no se diluye con los años. Hasta hace semana y media, el 9 de octubre de 1963, en que terminaba el mes Zip del Haab.

Al anochecer entró un venado a la quinta. Había sido cazado y de alguna manera había escapado a la trampa. Todavía tenía la cuerda amarrada al cuello, lastimado. Vi su mirada y pensé en mi hermana. En la mirada limpia de Ventura. En mí. En que todos nos equivocamos siempre. Le solté la cuerda del cuello, sabiendo que yo no podía curarle las heridas, pero al dejarlo libre por fin encontré paz para mi alma.


Óscar Pech Lara
 
"In the faces of men and women I see God"
Walt Whitman, from Leaves of Grass
Publicar un comentario