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jueves, 5 de mayo de 2011

La joven madre...


Digo "madre", y al escuchar la palabra cada persona tiene, creo, una imagen diferente en la mente (alguien dijo: De Edipo, lo único que sabemos es que no tenía complejos). Y sí, cada madre, cada hijo, entretejen una relación sumamente singular, de acuerdo con sus circunstancias, sus naturalezas particulares y los recursos tengan a su alrededor.

Yo tengo para mí que si matrimonio ha tenido el mucho o poco éxito que ha tenido, o si ha durado lo que ha durado, es porque ya antes tuve, de alguna manera, otro matrimonio que me capacitó para este, el matrimonio que tuve con mi madre. Me explico: mi padre murió cuando yo tenía 11 años, mi madre no volvió a casarse, y entre ella y yo de alguna manera sacamos adelante a mis hermanos. Así que muchas veces planeamos, discutimos, nos peleamos, como se pelea una pareja por cuestiones de dinero, de crianza de los hijos, por cosas así, muchas veces por horas, muchas veces a gritos, como dice la canción, like humans do (por ejemplo: yo le decía que mi hermana debería estudiar una carrera porque es muy inteligente, y ella decía que no: que las mujeres muy estudiadas espantan a los pretendientes, y muchas veces discutimos por eso: finalmente mi madre tuvo el acierto de darle el inglés, que le dio para poder sobrevivir si llegare el momento, y que no le fue estorbo para encontrar a mi cuñado... Javier Padilla me decía: "tu mamá merece un premio Nobel más de lo que lo mereció Sir Winston Churchill").

Recuerdo que hace unos tres años mi hermano Alberto me dijo: "no le hables así a mi mamá: no es tu igual: es tu madre", y me di cuenta de eso: de que conservaba ese mal hábito de cuando era soltero y mis hermanos eran problemas potenciales. Hice caso de lo que me dijo Alberto, y me eduqué para ver a mi mamá de una manera diferente: Hará unas dos semanas que mi madre nos visitó y estuvo una semana con nosotros. Tener a mi madre en casa es una experiencia extraordinaria. Cada segundo le hago preguntas, escucho --lo mejor que puedo-- sus críticas (igual ella es conmigo: sus críticas son directas como no son las que le hace a mis hermanos, y se ríe conmigo de cosas que una madre no se ríe con un hijo: es más incisiva, directa, pero bueno, ella sí tiene derecho: ella es la madre, yo soy el hijo), y ahora mientras platico con ella, atesoro sus recuerdos, porque sé que va a llegar el momento en que ya no esté, pero eso sí: trato de aprender todo lo que puedo de ella.

Una noche, en la cena, ella nos recitó el siguiente poema, que en su voz me hace llorar, y que ahora que se acerca el 10 de mayo viene muy a cuento compartir con ustedes:

La joven madre puso su pie en el sendero de la vida.
-¿Es largo el camino? -preguntó.
Su guía le contestó: -Sí, y el camino es arduo.
Te envejecerás antes de llegar a su final.
Pero el final será mejor que el principio.
Pero la joven madre estaba feliz y pensaba que nada
podía ser mejor que el tiempo que estaba viviendo.
Por eso, se puso a jugar con sus hijos, a recoger flores para ellos
a lo largo del camino, y los bañó en los arroyos cristalinos;
el sol brilló sobre ellos, la vida era buena y la joven madre gritó:
-Nada podrá superar la hermosura de esto.

Llegó la noche, y la tormenta, el sendero se oscureció
y los niños temblaron de frío. La madre los allegó a su seno,
y los cubrió con una manta. Los niños dijeron:
-Mamita, no tenemos miedo porque tú estás con nosotros,
y nada nos puede dañar.
La madre dijo: Esto es mejor que la luz brillante del día,
porque he infundido valor a mis hijos.

Llegó la mañana, y vieron una montaña por delante.
Los niños subían y el cansancio los vencía, pero la madre,
aunque cansada, les decía siempre:
Tengamos un poco de paciencia y llegaremos.
Llegaron a la cumbre y allí dijeron:
Sin ti jamás hubiéramos llegado, mamá.
Aquella noche la madre, acostada, miró las estrellas y dijo:
Este día es mejor que el anterior, porque mis hijos han aprendido
a enfrentar las asperezas de la vida con entereza.
Ayer les di coraje, hoy les he dado fortaleza.

El día siguiente trajo extrañas nubes sobre la tierra,
que la cubrieron de tinieblas. Eran las nubes de la guerra,
del odio y del mal. Los hijos caminaron a tientas y tropezaron.
La madre les dijo: Miren hacia arriba. Levanten la vista hacia la Luz.
Y ellos miraron y vieron por sobre las nubes una Gloria eterna que los dirigió
y los llevó más allá de las tinieblas.
Aquella noche la madre dijo:
Este es el mejor de todos los días porque he conducido mis hijos al conocimiento de Dios.

Los días pasaron, las semanas, los meses, los años.
La madre envejeció y sus espaldas se curvaron.
Ya sus hijos eran grandes y fuertes y caminaban sin temor.
Cuando el camino se ponía difícil, ellos ayudaban a su madre.
Si el camino era muy áspero, la levantaban porque era liviana como una pluma.
Por fin llegaron a una colina, detrás de la cual divisaron un camino
resplandeciente y las puertas de oro abiertas de par en par.
La madre dijo: He llegado al final de mi viaje.
Ahora sé que el final es mejor que el principio, porque mis hijos
pueden caminar solos y sus hijos les siguen.
Y los hijos dijeron: Siempre caminarás con nosotros, mamá,
aun después que hayas pasado por aquellas puertas.
Y de pie, se quedaron mirándola cuando sola siguió caminando
hasta que las puertas de oro se cerraron tras ella.
Y se dijeron: No podemos verla, pero todavía está con nosotros.
Una madre como la nuestra es más que una memoria.
Es una presencia viva.

Yo me imagino que en estas fechas todos buscamos hacer, de alguna manera, un monumento a nuestra madre (yo creo que casi toda madre lo merece). Este poema es un una pequeña muestra del honor que toda madre merece, físicamente o en la memoria: 
Óscar Pech Lara



"In the faces of men and women I see God"
Walt Whitman, from Leaves of Grass

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