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sábado, 14 de junio de 2014

La leche de la bondad humana

Stephen King
Cover of Stephen King
La leche de la bondad humana

Déjame te platico una película que estoy seguro que no has visto, por la sencilla razón de que no se ha filmado. En mi mente era la historia de dos hombres, y que hablara, como su título lo indica, de la bondad humana, del género humano, no de hombres y mujeres, pero una noche la comentaba con alguien, y ella me sugirió que se tratara de una historia de amor. Bueno, pues, eso hizo que tuvieran que hacerse una buena cantidad de ajustes, pero allí va la historia de amor, pues. La película se inicia con esta leyenda: 

“En épocas de crisis, la leche de la bondad humana no fluye con la misma prodigalidad…”
(Stephen King, La danza de la muerte, p. 111).

De ese fondo negro desaparecen las letras y poco a poco van surgiendo las figuras de edificios grises. En la calle vacía camina Adriana, una chica muy pobre, muy guapa (la idea me choca, pero el cine está hecho de estereotipos, así que ni modo: tiene que ser una moderna cenicienta: pobre, espigada, joven, idealista y sí: con cierto encanto que no llega a ser belleza), quien camina en la madrugada por una calle gris a la casa de su abuela. 

Llega, su mano toca la puerta, aparece Emilia, una anciana que fue una mujer grande y fuerte pero que ahora está muy encorvada. La joven, Adriana, le pide permiso a la abuela para bañarse. La abuela le dice que va a la tienda, que no se tarda, que ya puso el boiler, pero que espere, porque a veces se apaga. La chica mira el reloj, se desespera, y se mete a bañar. El agua está helada. Se enreda en la toalla de tal manera que tape sus senos, sale del baño, atraviesa la cocina en semipenumbra y por allí sale al patio a ver el boiler. Lo prende. Cuando va de regreso al baño y pasa por la cocina, esta su abuela allí, sentada, la chica pasa sin verla, pero cuando le da la espalda la detiene la voz de la abuela quien pregunta, afirmando: 

            —Te volvió a golpear.
En el diálogo entre la chica y la abuela se deja ver a una chica maltratada por el padrastro golpeador y sí, tiene la espalda hecha una lástima. Y aunque ella debería estar mucho más despierta, lo que en realidad le es un estorbo, es la buena voluntad de la abuela, que le mete muchas ideas de un optimismo exacerbado, de un entusiasmo más bien muy hueco: El príncipe azul va a llegar y tienes que saber esperar, hay que ser bueno para que te vaya bien en la vida, “echa tu pan sobre las aguas”, dice la abuela, la chica sonríe, y dicen ambas a coro, riéndose: “y volverá a ti, tostado, crujiente, y con mantequilla”.

Adriana se mete a bañar, sale, le esperan unos chilaquiles, digamos, desayuna y la abuela le pregunta que si está bien. Adriana sonríe y dice que sí. Cuando se despide, se oye un ataque de tos bastante feo de una niña.
            —Sigue mal Elena —pregunta afirmando ahora Adriana, y la abuela Emilia le responde que sí, pero que no se preocupe, que va a sanar.

Adriana llega al trabajo, en una Colonia Roma cada vez venida más a menos. Ve el reloj de la tienda de refacciones para ollas express, otros artículos de cocina, y reparaciones. Llega casi 25 minutos tarde. Su jefe, Octavio Álvarez, está tan ensimismado haciendo cuentas que no le salen, que no se fija que ella llega tarde. Una vez que ella comprueba que el jefe no va a notar su tardía, voltea a ver a quien sí podría notarlo: un hombre flaco, de piel grisácea y apergaminada. Se llama Mikhael, y aunque no es un anciano decrépito, el color grisáceo de su piel y su cabello hacen que de repente parezca viejísimo. Uno de esos hombres a los que es imposible determinarles la edad, pero que todavía conserva su fuerza. Casi no la nota: él está observando al jefe. Por sus facciones, es claro que en su interior hay una fuerte lucha interna. Ella sale de encuadre y se entiende que se pone a trabajar. También él. 

La cámara ahora lo sigue a él a lo largo del día: es un hombre gris, sin mayor chiste, un burócrata mediocre cuyos pasos han aprendido a no dejar huella en el camino. Sale del trabajo y caminando se dirige por calles grises hacia su casa. Una mansión enorme, venida a menos. Introduce la llave, corte, y en la siguiente escena, es de nuevo de día, a media mañana, en la tienda-taller. Mikhael está reparando un molino de mano, y ella le pregunta: “¿Será mal momento para hablar con don Marcos?” “Veo que él está muy preocupado… desde hace casi tres semanas. ¿Para qué lo necesitas?” “Es que tengo una sobrinita que vive con mi abuela. Está cada día más enferma, y si no hacemos algo al respecto, va a terminar en el hospital, pero ni IMSS tiene”. “Bueno, pues el don Octavio tiene tantas preocupaciones por salvar el negocio, y su cartera tan vacía, que no creo que pueda ayudarte, niña”. A lo largo del día, él los observa a ambos: a Adriana, y a don Octavio: cada uno, sin decir nada, muestra una profunda preocupación. 

Tercer día. Son las diez de la mañana y el escritorio de ella está vacío. Don Octavio explota. Dice que sólo él, con sus problemas, puede aguantar una empleada así, que falta sin avisar cuando más se le necesita. Explota, y empieza a arrojar cosas, diciendo que está en la quiebra, que la situación del país es cada vez peor, que este sexenio está hundiendo a la nación en la ruina. Mikhael ha visto muchas cosas: ya nada puede asombrarle, pero al menos arquea las cejas y pregunta al patrón que qué pasa. Éste le responde que Hacienda está por embargarles. Mikhael responde:
            —El conocimiento hace flexibles las leyes. Con él puedes doblar las leyes tanto como no imaginas, sin romperlas. 

Y sí: se sienta a su lado, y se ve que hacen cuentas. En las siguientes escenas se ve cómo los estantes empiezan a estar más llenos, al jefe se le ve menos estresado, se ve que las cosas mejoran y hay más estabilidad en el changarro, pues. Mikhael, por su parte, sigue siendo un empleado gris, pero deja de ser un cero a la izquierda para Adriana. Ésta trata —estereotipos del cine— de acercarse con genuina curiosidad, pero él siempre marca una línea invisible entre él y ella. Y mientras es más difícil acercarse, ella insiste más y más, llevada por una curiosidad insana. Me imagino que para este momento el espectador ya tiene la certeza de que se trata de una historia de amor entre un hombre (muy) maduro y una jovencita: Ella… no sé si se enamora de él: sé que es algo cercano a la obsesión: empieza a arreglarse para él. La cámara (y el maquillaje, claro) nos muestra a una chica de veras muy atractiva y de hecho él ya no aparece de piel tan gris: ésta tiene un color cetrino que no le va tan mal. Me imagino que buena parte de la película puede ser ese tratar de llamar la atención de él, y él siendo un hombre que ya conoce todos los trucos, y sabe evitar muy bien cualquier muestra de atención de parte de ella, hasta que una de tantas ella prácticamente lo acorrala y le pregunta:

            —¿Cuántos años tiene, Mikhael? —y él, con una frialdad y un aburrimiento no disimulados:
            —Soy mucho, mucho más viejo de lo que te imaginas.
            —¿Pero cuánto?
Entonces se escucha el rechinido de unas llantas en la calle, y el ruido sordo de un auto golpeando un cuerpo humano. Salen de la refaccionaria y sí: allí están, atropelladas, Emilia y Elena. En la tienda les han cortado el teléfono por falta de pago. Él dice que las lleven a su casa. Allí pueden pedir un taxi (“pero es que no tenemos ni para un taxi”, le interrumpe ella: “De hecho, ya llevamos dos días sin comer”). “No se preocupen: yo lo pago”, dice Mikhael: él vive muy cerca. Y sí: su casa tiene una fachada muy simple y estrecha, pero en cuanto uno entra, se da cuenta de que es enorme y lujosa. Mientras escuchamos cómo en off él llama a diferentes hospitales, y por una razón u otra, ninguno puede enviar una ambulancia, ella va caminando por los pasillos de la casa. Están llenos de pinturas antiguas, ordenadas cronológicamente: Babel, el antiguo Egipto, Grecia, Roma, El Medioevo, el renacimiento del norte, la modernidad, hasta que aparecen las primeras fotos de fines del S. XIX. Fotos de la Revolución mexicana, de la Revolución bolchevique, de la Primera y de la Segunda Guerra. Y en todos esos cuadros y pinturas está él, a veces muy joven, a veces muy viejo. Entonces se oye la voz de él, terrorífica, llamándole. Ella está muda de pánico y no responde. Él se asoma hacia la sala, pero ve que ella no está allí. Voltea hacia el pasillo, donde ella NO debería de estar y ella, al verlo se desmaya. 

Cuando Adriana se despierta, está en el hospital. Trata de moverse, pero descubre que tiene una aguja hipodérmica en el brazo y que éste está inmovilizado. Mikhael está parado a su lado, inmóvil, mirando por la ventana.
            —¿Quién eres tú? —dice ella, con un hilo de voz, y luego se corrige a sí misma y dice, apenas en un temeroso susurro: —En el nombre del cielo, ¿qué eres tú?
            —Husmeaste donde no estabas autorizada a ir —le dice él, sin despegar la mirada de la ventana y sin ningún sentimiento en la voz—. ¿Qué tanto fue lo que alcanzaste a ver?
            —Vi que has reencarnado muchas veces, y que en todos tus avatares siempre fuiste un hombre rico y poderoso.
Él sonríe. Aunque lo que escucha se le hace divertido, su sonrisa es muy triste. La cámara nos vuelve a mostrar, un poco borrosos, los cuadros y fotografías, mientras él nos cuenta su historia, (hasta aquí las cosas van bien, vamos a ver si no derrapo):

Le cuenta que hace muchos, muchos años, unos cuatro mil, digamos, él era un jovencito como cualquier otro que en babilonia, sin nada que lo distinguiera. Era un joven bueno. Hasta donde yo alcanzo a ver, sólo cometió un error, salvo que la vida paga mal los aciertos, y cobra muy caros los errores. A veces no basta toda una vida para pagar un simple descuido, una desobediencia o un descuido, ¿de acuerdo? Él se enamoró de la persona equivocada: una mujer muy mala, llamada Semiramis. Ella era ambiciosa, cruel, egoísta y, como suele suceder con la gente sedienta de poder, termina practicando la hechicería.
—Hace ya tanto tiempo de ello, que no recuerdo siquiera exactamente cómo fue eso: Hubo quien me dijo que era un error, que debería terminar esa relación, pero cuando uno es joven, uno cree que el amor lo puede todo (y cuando uno es viejo descubre que no estaba equivocado, por cierto), pero hice caso, y terminé con ella de la peor manera posible. Ella se despidió de mí con un hechizo, uno al que ni siquiera puse atención, En ese momento sólo entendí que lo que ella decía, de alguna manera tenía que ver con la leche de la bondad humana, pero después he tenido —literalmente— miles de años para pensar en ello. La miré, como uno mira algo que creía conocer, y al verlo de manera diferente se lleva una gran sorpresa. “No imagines que la inmortalidad es una bendición”, dijo con odio, y agregó: “yo estaré a tu lado. Seré adorada mucho después de mi propia muerte, y nunca podrás separarte de mí.” 

La dejé, me fui a Acad, una ciudad cercana, al norte. Pensé que doscientos kilómetros eran suficiente distancia, pero no: continuamente me llegaban noticias de ella. Tuvo un hijo, al que nombró Nimrod. Sí, era muy bella y depravada. Con el paso del tiempo se unió a él, y cuando ella estaba encinta de su segundo hijo, al que llamaría Tamuz, Sem, el gran sumo sacerdote, hizo la guerra a Nimrod y lo mató. 

Mientras Mikhael nos cuenta esto, vemos imágenes de lo que él nos narra: las imágenes deben ser bizarras, un poco deformes, deben inspirar temor y reflejar locura. Mikhael mira está sentado, viendo cómo la sonda del suero gotea tranquilamente, como lentos segundos. Acaso no es mala idea que en el hospital haya un reloj pasado de moda y se escuche el sordo tic tac mientras él narra:
—El mal se perpetra no tanto a través de hechos, sino de ideas. Con los siglos se cumplió lo que ella esperaba: su imagen me ha acompañado, y seguirá en la tierra mucho después de mi muerte: Ella ha sido y es adorada en casi todas partes del mundo: Semiramis y Tamuz, o Baal, fueron adorados en Egipto como Isis y Horus; en la India, Devaki y Krishna; en Grecia fueron Venus y Cupido; en este país, Coatlicue y Huitzilopochtli y esa adoración cubrió al mundo entero, cuando en el cristianismo se dejó de adorar a Jesús, para adorar a la virgen y al niño. Así que Semiramis ha tenido muchos nombres, de cultura en cultura: Ishtar, Anahit, Hator, Isis, Afrodita, Venus, Astarté, Asera, María. Siempre asociada a la maldad, a la opresión, siempre tras de una máscara de bondad, siempre usurpando el lugar de los dioses. Mi castigo fue no sólo ser inmortal, ver que, vez tras vez, todo lo que amas te será arrebatado, sino ver cómo todo lo que aborreces se perpetra, se fortalece, se extiende. Al principio luche en contra de ello, salvo que, ¿quién puede luchar contra una idea? Hay una parte del corazón humano que es un receptáculo torcido, que es el lugar donde anidan de las ideas y los sentimientos oscuros e insanos. Es la parte donde la locura busca anidar de manera instintiva, la que ama a las ideas extravagantes, a lo perverso; es la zona del corazón donde habita ese demonio, el peor, el que todos criamos, cariñosos, en nuestro interior. 

Volvemos al cuarto del hospital. Mikhael mira por la ventana. Llueve. Las gotas de la lluvia se escurren, como el tiempo. Se vuelve a escuchar el tic tac del reloj. Adriana rompe el silencio con la pregunta:
—¿Entonces, siempre supo que era inmortal?
Mikhael lo niega, se sienta en la silla cerca de la cama, y contempla a ésta: la cobija forma cordilleras y valles, que se vuelven la geografía de lo que él narra:
—Noté que de vez en cuando yo me hacía más joven, mientras ella envejecía con los años. Claro, que no envejeció así nada más. En mi orgullo y vanidad la despreciaba. La vi convertirse en una anciana: Imagino que la última vez que la vi todavía pude haber suplicado; pude haberme salvado, pero no podía entender que vivir para siempre —y al precio que se debería pagar por mi vida— era una pesadilla o un castigo, no un don. Lo ignoraba, y dejé que muriera sin que me curara de esto. Vi a varias generaciones de mis descendientes hacerse ancianos, antes de que yo me diera cuenta de lo que me sucedía; de cuál era mi maldición:

A través de la ventana, vemos a Mikhael llorando. Se ve más viejo que nunca. Su piel, grisácea, Su traje, pasado de moda, acentúa esa sensación de antigüedad.
—En algún momento me di cuenta que ese rejuvenecimiento tiene un patrón: Cada vez que alguien me hace un bien de manera desinteresada, sin esperar nada a cambio, sus años de vida pasan a ser míos. Esa es la maldición de Semiramis: La muerte de ese ser generoso es lenta y dolorosa, es el precio que paga por hacer el bien, y a cambio yo vuelvo a ser joven: tantos años como le corresponderían a esa persona vivir. 

La cámara nos muestra, vez tras vez, eso: un anciano que es ayudado por alguien, y su rejuvenecimiento y, en cambio, la momificación en vida de quien le hizo el bien. A veces es un joven, un hombre maduro, una muchacha. En todos ellos se nota una mirada limpia. En Mikhael, en cambio, se nota una evolución. Al principio se le nota el gozo de quien ha estafado, de allí resignación, hastío, asco, dolor, sufrimiento. Muchos, mucho sufrimiento. Mikhael prosigue:
—Ahora te pregunto: ¿Qué harías tú con un don así? Al principio eso fue un gaudeamus de siglos; una orgía perpetua que vaciaba cada vez más mi alma: la gente busca perseguir la satisfacción de los placeres, sin saber que es en las cosas más sencillas en donde el alma encuentra el sentido de la vida. Y mientras tanto yo, sin recurrir a la transmigración, cada vez que rejuvenecía, vivía una nueva vida. Dejé de vivir y medir el tiempo por días, semanas, años. He vivido casi 4,000 años: recuerdo haber conocido a mi tatarabuelo, Noé. He visto nacer y desaparecer imperios y religiones, modelos económicos, y teorías filosóficas. He vivido hasta el hastío, y en diferentes momentos he pensado que todos los hombres son uno solo, que reacciona de manera igual ante ciertas circunstancias, aunque cambie de complexión, facciones y sexo, pero entonces alguien realiza una acción inusual, ofreciendo generosamente la leche de la bondad humana, y uno se convence de que cada ser humano es único: es precioso, e irrepetible y, sin embargo, después de algunos años, he buscado recluirme en mí mismo, evitarlos, esperando que nadie me haga un bien, para no tener que volver a vivir. 

En el año 70, en el sitio de Jerusalén por las tropas del emperador Tito, yo era un anciano decrépito, estuve a punto de morir de viejo, pero acepté que una mujer madura me diera su porción de comida, pensando en que finalmente todos íbamos a morir, y de esa manera le iba a ahorrar unos pocos minutos de sufrimiento, pero me equivoqué: ella iba a sobrevivir, e iba a vivir muchos años. Le ahorré a ella el dolor de sobrevivir a sus hijos, pero el ciclo volvió a iniciar para mí. 

Has visto los cuadros y fotos en mi residencia: he estado en todas las revoluciones, en todas las guerras posibles, buscando la muerte y algo de justicia, hasta que he descubierto que toda Revolución es inútil: todos los gobernantes no son sino títeres de seres más poderosos, que están por encima del gobierno. En las revoluciones, los que en realidad gobiernan, huyen como ratas de un barco que se hunde, y una vez que termina la revolución y alguien se asienta en el poder, regresan, pactan con él, y vuelven a gobernar de nuevo. Es como espantar cuervos en un maizal: puedes cansarte todo lo que quieras, pero siempre vuelven. 

Finalmente, mi gran aliado es la tecnología: puedes sobrevivir sin interactuar con nadie: todo es una contestadora automática, una máquina, mensajes de texto a distancia, comida rápida en el drive thru. En estos tiempos es más fácil no recibir la leche de la bondad humana, porque el mismo humano ha dejado de generarla. 

La película podría seguir, pero mi mensaje está dicho. Sólo me resta terminar con lo veo como un posible final: Adriana es idealista, desea ayudar, y generosamente quiere compartir esa leche de la bondad humana de que tanto le habló su abuela, en retribución por la ayuda dada por él: en la noche, digamos que él se queda a cuidar a la enferma. Cuando está dormido, ella toma una almohada, y lo asfixia. Y por hacerle el favor de acabar con su vida, ella paga dando la suya. En la mañana la enfermera llega y encuentra un joven casi adolescente, bellísimo y de apariencia antigua, muerto. Su belleza es tal, que parece la estatua de cera de un joven faraón dormido. A su lado, sobre la cama donde estaba la joven con anemia, yace una momia que aparenta unos 4,000 años, perfectamente conservada. Parece tan antigua, que en efecto, en cuanto la tocan se deshace, como si estuviera hecha de cenizas de papel quemado por los años.


Óscar Eduardo Pech Lara


"El intercambio de pensamientos es una condición necesaria para todo amor, toda amistad y todo diálogo verdadero". Jorge Luis Borges.
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