martes, 1 de abril de 2014

Parábola de la estrella que cayó en el lodo.



En el cielo hay estrellas sin fin, y cada una tiene su función. Entonces, a fin de servir mejor, de ser ubicadas de manera más fácil y rápida, usualmente se les agrupa en constelaciones, y cada una tiene su propio enfoque: 

Hay constelaciones de estrellas que dan servicio caritativo, otras resuelven problemas políticos o sociales. Yo tengo para mí que la más importante es esa constelación cuyas estrellas se dedican a salvar almas. Y en esta constelación había una que disfrutaba de manera particular en lo que hacía: el gozo más grande que podía tener era el ayudar a seres descarriados y llevarles a la luz, a la verdad.



Pero un día, vayan ustedes a saber por qué, si fue por bien o fue por mal, la constelación soltó a esta estrella y ésta cayó en un lugar ignoto de la tierra, en medio de un lodazal. Es cierto, no todas las estrellas que estaban en esa constelación eran dignas de estar en esa constelación, y de vez en vez alguna estrella era degradada y entonces justamente las que no merecían estar allí condenaban y acusaban:

            —Fue expulsado porque no estaba al nivel de esta constelación. Yo le conozco bien, y sé que su luz no era suficientemente brillante y pura. Era una falsa estrella, que recibió solo lo que merecía. 


Y hubo quien creyó y hubo quien no creyó esta explicación. Pero mientras, la estrella estaba hundiéndose en el lodo, con un miedo cada vez más grande de ensuciarse al grado de que nunca pudieran dar de nuevo con ella; con el miedo de perderse definitivamente. Yo no sé si alguna vez, lector, lectora, te has perdido. Si alguna vez has esperado que alguien venga a rescatarte en medio de una situación desesperada y esa persona nunca llega. Si has estado en circunstancias así, puedes entender el miedo, la desolación, la desesperanza, la angustia de esta estrella. 


Al principio pensaba en cosas como: “Yo no pertenezco a este lugar” mientras, llorando, veía cómo la constelación se alejaba más y más, indiferente a su sufrimiento, a toda la luz que había dado y que todavía podía dar, y cómo su luz brillaba cada vez menos, oculta en el fango. 


Y allí, en el terreno cenagoso, también había diferentes reacciones ante la estrella. Había quien le molestaba su luz, o quien quería adorarle porque no podían creer que eran compañeros de una estrella de verdad, o había quien decía que por fuerza su brillo era falso, que las estrellas de verdad no bajaban a la tierra, y menos en medio del barro. Pero la estrella trató de no escuchar las voces de sus compañeros de fango pero, ante todo esto, la estrella poco a poco dejó de ser ella misma: a veces encontraba razones que justificaran su expulsión de la constelación, y se decía que se lo merecía, que todo había sido su culpa, o a veces creía encontrar malas intenciones en sus anteriores colegas, posibles envidias, indolencias injustificadas.


Y bueno, aquí yo podría decir que la estrella pasó por etapas muy bien definidas. Podría decir que de manera consciente o inconsciente pasó por una etapa de negociación, de duelo, y que lloró muchas veces en silencio su pena de la manera más solitaria, porque el gozo se puede compartir, pero el dolor, sea físico o emocional, siempre se vive a solas. Las batallas más importantes de la vida siempre se libran, en soledad, en el interior de uno, a veces sin que nadie se dé cuenta. Porque había quien lo veía como una estrella en desgracia, un impostor o una amenaza, pero casi nadie se dio cuenta de su dolor o de su soledad, pero decir todo eso sería irme por un camino que no es el de este relato. 


Lo cierto es que todo eso le ayudó a descubrir quién era, y fue más o menos de la siguiente manera: Un día descubrió que las constelaciones son imperfectas, que a veces dejan caer estrellas falsas y a veces pierden estrellas de lo más valioso, y que lo que determina el valor de esos expulsados es lo que hacen cuando son expulsados. Hay quien le toma el gusto a la amargura, y ésta se come su brillo y, pese a que eran estrellas genuinas, había estrellas que terminaban siendo simplemente piedras entre las piedras, amargas como naranjas silvestres. Y cuando la estrella vio eso, aprendió: se dio cuenta de que las circunstancias no hacen al hombre: solamente lo revelan. 


No se permitió a sí misma pensar en la constelación, lejana y ya inasible. No se engolosinó en el pasado. Solo miró a su alrededor, y entendió que todas las piedras que lo rodeaban eran, o podían ser, estrellas caídas, y que muchos solo necesitan de una ayuda para que, donde estuvieran, pudieran brillar. A su alrededor había muchos finales no felices. Pero esta estrella de la que les hablo decidió que, en medio del lodo, mantendría su brillo todo lo que pudiera, y daría su luz generosamente a todos los que quisieran recibirla, por más que ya nunca pudiera volver a brillar igual. Sí, se sentía bendecida porque, a pesar de estar lejos de la constelación a la que había pertenecido, seguía tratando de salvar almas.


Aquellas que acaso más lo necesitaban: las que estaban perdidas en el lodo y acaso nunca antes habían visto la luz.