domingo, 4 de octubre de 2015

Los medios masivos de comunicación en El libro de Mormón, y el México contemporáneo



Una de las cosas que más impresionan de nuestro pasado prehispánico, es cierto estilo de pirámides. ¿Para que servía la pirámide del sol, en Teotihuacan? No tengo la más mínima idea: para adorar no sirve: llegas sudado y cansado para la ceremonia. Para dar un discurso desde arriba, el pueblo no te escucha ni con mi voz, de micrófono integrado. ¿Para gobernar y dar audiencia al pueblo? ¿Cómo? Una vez más, la inmensa mole de la pirámide del sol era todo, menos funcional, creo. Serviría como tumba real acaso, o como mero monumento, acaso. Yo tengo para mí que la pirámide del sol era un poquito como la Estela de Luz de Calderón: un monumento a la nada (o al poder militar, que no es lo mismo que nada, pero es igual), porque en realidad no veo cómo podría servir de algo. 

Y casi, casi, se puede decir lo mismo de “El Castillo”, en Chichén Itzá, salvo que allí el efecto sonoro lo salva: Llamas al dios con un aplauso, y él te responde con el grito del quetzal(cóatl). Nada más por eso, por la idea idéntica al simbolismo de la estrella de David, creo yo, se justifica la construcción de la pirámide del Castillo. En cambio, uno va a Tula, y ves un diseño acústico en la ciudad: una pequeña pirámide en el centro, rodeada de grandes construcciones, y si uno habla desde esa pequeña pirámide se escucha perfectamente en todas partes. 


Claro, estoy hablando de construcciones que están muy lejanas de los pueblos del Libro de Mormón, así que vayamos hacia el sureste mexicano. Cuando uno va a las tierras que habitaron los lamanitas (Xpuhil, sería mi ejemplo perfecto, pero igual está Tikal, o la pirámide del enano en Uxmal, o Cobá, cuyas pirámides se elevan sobre la selva), uno ve pirámides altísimas, de construcciones casi verticales, desde donde se podía hablar con claridad al Pueblo. En Xpuhil las escaleras son simuladas. Para subir a la parte superior de la pirámide uno sube por una escalera interior, a la que uno accede por un costado de la pirámide. Desde arriba uno tiene una vista impresionante y uno podría dar un discurso tipo rey Benjamín, y con ello entramos a nuestro tema. 

En el Libro de Mormón tenemos varias ocasiones en que se da la comunicación masiva. La primera conferencia general de los nefitas está registrada en 2 Nefi 6-10. Desafortunadamente no tenemos los detalles circunstanciales de cómo se dio, cuántos asistieron, la logística empleada para llegar a todo el pueblo. Solo sabemos que Nefi hace un paréntesis en su historia para compartirnos estas palabras de su hermano menor, Jacob. 

La segunda gran conferencia que tenemos fue al final del reinado del rey Benjamín. Y para este propósito él no solo hizo subir al pueblo “hasta el templo”, sino que “hizo construir una torre, para que por ese medio su pueblo oyera las palabras que él les iba a hablar.” (Mosíah 2:7). Con ello, creo, tenemos el primer empleo de los medios masivos de comunicación entre los nefitas. Construir una torre para hablar desde ella, para que las ideas de alguien llegue a todo el pueblo, es el equivalente de nuestras actuales torres de telefonía, radio y televisión. La analogía con el presente no es fortuita, y te pido que la mantengas en tu mente. La torre del rey Benjamín sería algo así como todas esas torres que están sobre el cerro del Chiquihuite, me imagino. 

Y después de eso, los nefitas se olvidan de hablar a la gente empleando los mass media, hasta la bien entrada la siguiente generación, que los usan casi al mismo tiempo los lamanitas y los nefitas.
Veamos primero a los lamanitas. En Alma 48: 1, 2, se lee: “Y aconteció que en cuanto hubo logrado Amalickíah el reino, empezó a incitar el corazón de los lamanitas contra el pueblo de Nefi; sí, nombró algunos hombres para que desde sus torres hablaran a los lamanitas en contra de los nefitas. Y así incitó sus corazones en contra de los nefitas…” Imagínate en el presente a un gobierno que emplea torres de comunicación para transmitir ideas en donde continuamente se habla mal de alguien para dividir a la nación e incitar a la nación a la ira. ¿Te cuesta trabajo imaginarlo? No, porque lo vemos todos los días: eso es lo que hizo Amalickíah, y eso es lo que hace el actual gobierno de México, donde se engaña a la población, se omiten los grandes errores de nuestro presidente, se nos pintan como grandes éxito lo que no es tal, y a los que se oponen al sistema se les dibuja en blanco y negro, como gente a la que sería muy bueno pasarlos por las armas: las autodefensas, los maestros que se manifiestan en contra, los 43 de Ayotzinapa y sus padres.
Lo que hacía Amalickíah, lo que hace actualmente el gobierno, era lavarles el cerebro a los lamanitas con ideas falsas para alcanzar un determinado propósito. ¿Cuál era ese propósito?: “pues había [1] endurecido el corazón de los lamanitas y [2]cegado sus mentes, y [3] los había incitado a la ira... Porque estaba resuelto, debido al crecido número de los de su pueblo, a subyugar a los nefitas y reducirlos al cautiverio.” (Alma 48: 3, 4).

¿Qué hace Televisa, Milenio, o, más específicamente, Joaquín López Dóriga, Adela Micha, Ciro Gómez Leyva, etc.? Endurece el corazón de la gente para que no veamos el dolor de los padres de los 43, ciega nuestras mentes, para que cuando alguien nos explique la verdad, no la creamos y, 3, divide al país, siembra la ira entre los mexicanos. Basta con leer un diario en la red, y ver cómo los comentarios están divididos, polarizados, llevados a la ira extrema. Los medios masivos de comunicación, tal como los empleaba Amalickíah era tan un lavado de cerebro, como lo es el que hacen las televisoras hoy día. Es adoctrinarnos y hacer que tomemos la mentira como verdad, y viceversa. 

Ahora veamos la manera que utilizó el capitán Moroni los medios masivos. Como todos sabemos: “Y sucedió que rasgó su túnica; y tomó un trozo y escribió en él: En memoria de nuestro Dios, nuestra religión, y libertad, y nuestra paz, nuestras esposas y nuestros hijos; y lo colocó en el extremo de un asta.” (Alma 46:12). 

La gran diferencia entre Moroni y Amalickíah es que éste engañaba, mientras que las tres primeras palabras del estandarte de la libertad nos llevan a esto: Recuerda quién eres, lo que te conforma como individuo, tus valores. Tomar consciencia de lo que estaba en juego en esa guerra era vital, porque eso sería el principal motor en esa guerra, y en esa guerra intervenían tres cosas: 1. Sus creencias religiosas: “nuestro Dios, nuestra religión”. 2. Sus compromisos sociales: “y libertad, y nuestra paz”. 3. Sus familias: “nuestras esposas y nuestros hijos”. La religión del capitán Moroni, me queda muy claro, era una religión de lucha social. 

De nuevo, si ondeara hoy día el estandarte de la libertad en todas las capillas, más de uno batallaría para aceptar el punto dos, porque entre los SUD nos hemos comprado esa idea de que no debemos meternos en política ni debemos tener compromisos con nuestra sociedad, con nuestro país.
Si el capitán Moroni viniera hoy y te preguntara qué has hecho en cuanto al punto dos para proteger tu libertad y la futura paz de tus hijos, ¿qué le dirías acerca de cómo percibes al doctor Mireles, a Nestora Salgado, a Felipe Álvarez, ¿podrías sostenerle la mirada? No hablo del apoyo que das a los movimientos que se rebelan en contra de la dictadura del PRIANRD, sino simplemente de cómo los percibes. 

Allí están las dos realidades, hoy por hoy: las torres de los medios masivos, y el estandarte de la libertad. ¿A cuál decides seguir?

Yo quiero que mi hija se case con el capitán Moroni



Todo lo que hacemos tiene una determinada ideología, responde a ciertos conceptos que hemos elaborado y que por lo general responde a las circunstancias que nos rodean, y es una manera de aceptar, o cuestionar, o mediar, con la manera en que nuestros contemporáneos ven al mundo.
Pongo el ejemplo concreto. Por muchos años en Europa se dio el cuento fantástico popular. Allí se nos plantea una manera de ser de la mujer, y es una visión muy rica, es la visión del pueblo (y es una lástima que eso o no exista, o se haya perdido en los pueblos de América en la época de la Colonia. ¿Había una cultura de relato oral? ¿O era tal el afán de callar lo que era autónomo a la Iglesia, que se les dejó mudos por siglos? No lo sé). En esta visión de la mujer caben muchas mujeres: la mujer a veces es cruel, taimada, o inocente, o envidiosa, o sensual y sexual. En los cuentos reunidos por Calvino, Afanásiev, los Grimm, hay de todo tipo de mujeres. 

El problema empieza cuando viene una especie de democratización del cuento popular. En el cuento fantástico popular hay mujeres de todas las condiciones sociales, pero entonces, en algún momento de la historia, a alguien se le ocurre la idea de que todas las mujeres son princesas, y eso elimina la rica variedad de mujeres que aparecen en el cuento fantástico popular. Si todas las mujeres son princesas, todas las mujeres deben comportarse como tales. Esto es muy conveniente, porque estandariza y cuando estandarizas es mucho, mucho más fácil dominar. Y no es que quiera ver la vida como una constante lucha de clases, muy a la Marx, sino simplemente que uno poco a poco es consciente de que la historia de este planeta es la historia de una interminable variante de opresiones sociales. 


Así que de repente todas las mujeres son princesas, aunque sean muy pobres y nunca en su vida vayan a batallar por simplemente conservarse dentro de la casi inexistente clase media. Y de eso a que un sumamente astuto comerciante (Walt Disney) nos venda su concepto de “Princesas de Disney”, hay solo un paso. Y sí: afortunadamente existe Pixar, y también las princesas evolucionan. Por fortuna están Bella —que lee, piensa, y no busca solo el aspecto físico—, o Mérida —que se sale por completo del molde de las otras princesas— pero lo cierto es que en general la idea de las princesas de Disney es mala, como es mala la idea de que toda niña es una princesa, porque esta idea genera conductas y expectativas. Expectativas que no se cumplen, y conductas que llevan a las niñas a la espera pasiva de que llegue un príncipe (es decir, un joven que tiene que ser físicamente atractivo, rico y noble) que les solucione la vida. 


Esto genera un esquema que causa mucho daño en hombres y mujeres. El arma o anzuelo o papel —para ellas— del papel de “la damisela en peligro”, y donde uno como hombre es educado para responder como “el hombre caballeroso que debe ayudar”. A ellas las hace pasivas y, cuando son conscientes de que esto puede ser un arma-anzuelo muy efectivo, una perfecta trampa para hombres, les da una herramienta poderosa de poder. Y al hombre le puede dar nobleza, pero cuando no es consciente de que se usa con intención, lo vuelve la víctima perfecta. Por un deber ser, cae facilito en las garras de quien sepa emplear esa estrategia.

Pero bueno, regresemos al tema. Evidentemente esta idea de las princesas de Disney no solo es una manera perfecta de exprimir el bolsillo de los papás de niñas pequeñas, sino que aparte genera conductas que no son las que un padre consciente desea para sus hijas. Diferentes padres del mundo tratan de rebelarse contra este esquema de crianza de sus hijas y lo hacen de diferentes maneras. Y de repente en la Iglesia a alguien se le ocurre dar el salto y —sintiéndose muy espiritual— cambiar la imagen del príncipe azul, por la imagen del capitán Moroni. Me imagino que, al fin y al cabo, hasta nos lo podemos imaginar montando a caballo, ¿no? Es el príncipe encantador con una cualidad más, que domina sobre las que tiene el príncipe común y corriente: es espiritual. 

El gancho es perfecto. Lo curioso es que la imagen que tenemos del capitán Moroni por lo general es sesgada. Mormón, que tuvo acceso a mucha información que nosotros no tenemos, lo ve a la distancia y aunque lo admira (no en balde le pone ese nombre a su hijo), nos indica que el capitán Moroni era irritable, intolerante y se desesperaba: “Y Moroni estaba irritado por la terquedad de los lamanitas” (Alma 44:17). En cambio, descrito por alguien que lo conoció de cerca y lo admiraba mucho (Helamán), el capitán Moroni era prácticamente un símbolo de Cristo: 

“Sí, en verdad, en verdad os digo que si todos los hombres hubieran sido, y fueran y pudieran siempre ser como Moroni, he aquí, los poderes mismos del infierno se habrían sacudido para siempre; sí, el diablo jamás tendría poder sobre el corazón de los hijos de los hombres” (Alma 48:17).
Claro, esta es una imagen parcial del capitán Moroni. Si me permiten, veamos una imagen más completa de este hombre extraordinario en ese mismo capítulo, vv. 11-13 (el subrayado es mío):
“Y era Moroni un hombre fuerte y poderoso, un hombre de un entendimiento perfecto; sí, un hombre que no se deleitaba en derramar sangre; un hombre cuya alma se regocijaba en la libertad e independencia de su país, y en que sus hermanos se libraran de la servidumbre y la esclavitud; sí, un hombre cuyo corazón se henchía de agradecimiento a su Dios por los muchos privilegios y bendiciones que otorgaba a su pueblo; un hombre que trabajaba en gran manera por el bienestar y la seguridad de su pueblo. Sí, y era un hombre firme en la fe de Cristo; y había jurado defender a su pueblo, sus derechos, su país y su religión, aun cuando tuviera que derramar su sangre”. 

Moroni era un hombre al que se le habría ido la boca de lado si viera cuántos de los hermanos de la Iglesia hoy día son política y socialmente apáticos; que defienden la teoría del esfuerzo individual, que son clasistas y racistas, y llaman “Chayros”, o "Pejezombies" a los que luchan por su patria (porque para muchos, cualquiera que critica al gobierno, auqnue AMLO no tenga vela en el entierro, ya es un "pejezombie"). Moroni, si hubiera nacido en el mi país, en mi época, estaría luchando por la vía armada en contra del gobierno de Enrique Peña Nieto, o estos versículos están hablando de otra persona o, si estoy equivocado, por favor que alguien me corrija.