domingo, 3 de enero de 2016

Un acercamiento a Xochicalco desde la perspectiva SUD



Teotihuacan

Para entender Xochicalco hay que partir desde Teotihuacan. La siempre incomprendida cultura de Teotihuacan. A Teotihuacan la conocemos a través del filtro de los aztecas. Los aztecas los veneraban y no era raro que fueran a visitar esas ruinas impresionantes y buscaran restos arqueológicos y se los llevaran a Tenochtitlan como souvenirs. No sabemos cómo se llamaban. Teotihuacan (“El lugar donde los hombres se convierten en dioses”) se lo pusieron los aztecas, y ya el puro nombre nos hace que pensemos en esa ciudad como en un lugar místico, sagrado, santo. Los primeros arqueólogos se fueron con esa finta y vieron a Teotihuacan así: trataron de ver todo lo que se hallaba bajo la idea de la ciudad sagrada gobernada por una teocracia santa y sabia. 

Y nada, que los últimos descubrimientos nos hablan de una ciudad militarizada, donde se hacían rituales muy pesados no solo de sacrificios humanos cruentos, sino que dan testimonio de magia, hechicería y, sí, combinaciones secretas. El doctor Allen fue el primero en indicar que “La gran ciudad de Jacobugat”, una ciudad construida por los ladrones de Gadiantón, muy bien podría ser la ciudad de Teotihuacan. Las fechas, la geografía descrita en El libro de Mormón y la evolución de ambas ciudades coincide. Claro, no se puede hacer una afirmación tajante, pero al menos podemos decir que la afirmación del doctor James P. Allen es plausible.
En todo caso, ya hoy nadie cree en esos gobernantes sabios, sino en una dominación y explotación por parte de los gobernantes para el pueblo poco más o menos como la que vivimos hoy. ¿Cuánto esfuerzo se requiere para hacer la pirámide del sol? El mismo que se necesita para pagar los aviones presidenciales de Peña Nieto. Según el arqueólogo George Cowgill, A partir del S. VI d.C. los ricos llegan a ser tan ricos, que empiezan a imponer su voluntad al gobierno. Ya para el S. VIII era evidente que el gobierno era un mero empleado de una determinada élite y que más que gobernar, solo servía para justificar una opresión descarada para con el pueblo (¿les suena? Nada hay nuevo debajo del sol, ¿verdad?). Entonces, en el S. VIII el pueblo inicia una revuelta interna e incendia la ciudad. Así es: Teotihuacan desaparece no por una epidemia, o una gran sequía, o por una invasión, sino porque el mismo pueblo despierta y se sacude ese mal gobierno. 

La vida de Teotihuacan va del I a.C., al VII d.C. Vale decir, del libro de Helamán a Moroni, y todavía dos siglos más. Todo lo que sigue en este escrito está fuera del tiempo del Libro de Mormón. 

Un último punto: la mayor prueba de que Teotihuacan tuvo influencia maya no está en el diseño de la ciudad, sino en la tecnología: es una ciudad hecha de cemento y, como dijo George Kubler, The Art and Architecture of Ancient America, 2nd ed. (Baltimore: Penguin, 1975), p. 201: el uso del cemento es "hábito maya, ausente de ejemplos no mayas de bóvedas en voladizo desde el sudeste de los Estados Unidos hasta al sur de Sudamérica".

El epiclásico

Cuando Teotihuacan desaparece, queda un vacío de poder, y entonces surgen varias ciudades que tratan de ocupar su lugar como gran centro de poder Chichén Itzá, Uxmal, Tula, Cacaxtla y la ciudad de la que hablaremos hoy: Xochicalco. A esta etapa se le conoce como el epiclásico, es decir hablamos del clásico, sí, pero de un clásico épico. Un período de militarización evidente, de constantes luchas y conquistas. Xochicalco tiene un surgimiento muy acelerado, y un clímax que dura muy poco, pero en todo momento deja muy claro que es una ciudad militarizada.

El epiclásico es un período, por cierto, donde los mayas tienen gran influencia: en los murales de Cacaxtla vemos el enfrentamiento entre dos ejércitos, y ambos tienen toda la pinta de ser mayas. Igualmente aquí en Xochicalco. A ratos se usa el sistema de numeración teotihuacano, y a ratos se usa el sistema maya, de barras y puntos o, por otra parte, en la pirámide de Quetzalcóatl aparecen esculpidos diferentes reyes y sacerdotes mayas en la pose clásica de Pacal. 


Entendemos que Xochicalco trató de basar su hegemonía basándose en la astronomía: toda la pirámide de Quetzalcóatl celebra que ellos tuvieron el poder de convocatoria como para celebrar un congreso de astrónomos, desde la región maya hasta Coyoacán, y allí se hicieron ajustes a los calendarios que regirían prácticamente toda Mesoamérica. Y claro, su observatorio, una serie de laberintos subterráneos, es simplemente impresionante.

Junto con ello, vemos una ciudad en donde las habitaciones están claramente divididas en clases sociales. Donde —en la misma ciudad— para ir de la zona pobre a la rica, hay que pasar por diferentes puestos de revisión militar en donde los descubrimientos indican que se hacía ostentación de poder: en los puestos de revisión se han encontrado gran cantidad de cráneos y huesos largos humanos. Vale decir: si alguien quería reclamarle al gobernante el hecho de que viviera entre lujos (y creo que en pocas ciudades prehispánicas se deja ver más una ostentación de riqueza que en Xochicalco), en su camino para hablar con el tlatoani le daban su terapia de terror y una dosis de humildad; un recordatorio de que —como decía mi abuelita— duele más el cuero que la camisa.
Vaya: que los gobernantes de Xochicalco no aprendieron de Teotihuacan, quisieron repetir el mismo modelo, y por ello la ciudad terminó como ésta: sus mismos habitantes la quemaron y deliberadamente profanaron sus templos y trataron de borrar su memoria. 


La religión: ¿Forma sin fondo?
En la pirámide de los dos glifos, que muy bien podría ser un reloj solar, se da un fenómeno muy singular, una singularidad acústica que también se da en Chichén Itzá y Edzná: Uno aplaude, y el eco que se escucha no es el eco de un aplauso, sino el grito de una Guacamaya. Esto, dicho así, no quiere decir nada. Habría que entender que la guacamaya representa a Itzamná, o K’inich Ajaw. La deidad solar (el dios G). Es el planeta Venus, que desciende a la región de los muertos, para resucitar. Si alguien desea escuchar este singular efecto, simplemente de clic en el siguiente enlace:

Me imagino que el sentido es el siguiente: Uno llama al dios descendente mediante un aplauso, y el dios responde desde el cielo, con su grito de guacamaya. Me imagino que si el eco se oye, y de la pirámide no queda ni la mitad de lo que fue, cuanto más claro se escucharía si la pirámide estuviera completa.

Una de las cosas que impresionan más de la ciudad es que en ella se han encontrado, hasta la fecha, tres juegos de pelota, cada uno diferente en su arquitectura, y todos impresionantes. Esto —igual— no quiere decir nada, si no tomamos en cuenta que el juego de pelota significaba la lucha entre el bien y el mal, donde en la cultura maya (véase la historia de Hunahpú e Ixbalanqué en el Popol Vuh) se representa de continuo la lucha entre el bien y el mal, donde el vencedor siempre es el bien.

Y hasta aquí todo va bien. Una cultura que se centra en la adoración de Quetzalcóatl, que vive su religión intensamente, que juega el juego de pelota para recordarles siempre el bien y el mal. Pero…

¿Una ciudad edificada para adorar al mal?

Pero en el museo de sitio, uno ve una pulsera ya de niña, ya de una mujer muy delgada. Una pulsera hecha de huesos tallados en forma de diminutos cráneos humanos. Y sí, me imagino que cualquiera puede decir que los valores de todas las culturas son diferentes, y que no por fuerza tienen que encajar en nuestros cánones del bien y del mal. De acuerdo, pero cuando la vida humana no es respetada, pronto se cae en la barbarie y el salvajismo.



Luego, uno ve uno de los marcadores de uno de los juegos de pelota. Lo reconozco: cuando lo vi, se me puso la carne de gallina y como el dibujo no se ve claramente a la izquierda, pongo el dibujo a la derecha: en este marcador del juego de pelota se representa a dos seres alados peleando. Por una parte está un murciélago, por otra una guacamaya. El primero representa a Camazotz, el dios caído, el gran maestro de los misterios de la muerte, y el segundo, el que está siendo vencido, es Gucumatz, la versión más sagrada de Quetzalcóatl-Ehécatl. Éste yace de espaldas en el suelo y ya solo se defiende antes de ser derrotado por completo. 

Como todos sabemos, los aztecas no solo bautizaron a Teotihuacan. También a los olmecas ("Los habitantes de la tierra donde abunda el árbol del hule") y a Xochicalco ("En la casa de las flores", o "En la casa donde abundan las flores"). No sabemos en realidad cómo se llamaban, pero su glifo topónimo es una guacamaya encerrada en una jaula. El lego cree que eso quiere decir que el pueblo se dedicaba a criar guacamayas. Yo tengo para mí que no es así:  que sería algo así como "El lugar en donde fue cautivado Gucumatz", o "donde los dioses de la luz son dominados", o algo semejante.







Finalmente, un par de imágenes que me dejaron muy perturbado. Tanto, que no voy a comentar nada aquí, y solo las pongo, confiando en que el que tenga ojos para ver, que vea. Lo perturbador es que estas imágenes ya son del S. XIX d.C., unos cuatrocientos años después de que Moroní hubiera muerto. 

Hay algo que me deja profundamente intrigado. "El señor de rojo" ¿Qué es? ¿Qué simboliza? ¿Por qué el más puro arte abstracto en medio de tanto arte naturalista? No lo sé, y no sé si haya quien me lo pueda explicar. Hasta aquí mis impresiones. Ahora yo te pregunto a ti: ¿Qué opinas tú?